Santa Tere: un barrio bravo silenciado por el consumo

• Atrás quedaron los tiempos en que pandillas se partían los huesos a golpes

El estilo arquitectónico de Santa Tere es ecléctico y en algunos casos anacrónico. foto La Jornada Jalisco

El estilo arquitectónico de Santa Tere es ecléctico y en algunos casos anacrónico. foto La Jornada Jalisco

Por: Mauricio Ferrer

06 de octubre 2013 (Guadalajara).- 50-50. Más o menos así eran las proporciones de los que aquí se daban el tiro. Era la mitad de la década de los años 70 del siglo pasado y en la esquina de Pedro Buzeta y Manuel Acuña cadenas, bates, tubos y quizá hasta chacos estilo Bruce Lee se estrellaban en cráneos, piernas y rompían costillas.

Eran dos las pandillas que se disputaban la zona: Los del Capo, que tenían como oficina el cruce de las calles Francisco Zarco y Manuel M. Dieguez, y Los de Santa Tere, en la esquina donde se quebraban los huesos hasta unos 100 muchachos.

Los trompos no tenían mayor origen: simplemente el control de un territorio y, acaso, la morra de uno de una pandilla que le gustaba a un contrario.

Cuando andabas por su rumbo, por los del capo, los atraías acá y ¡sobres! Volaban botellas, ladrillos. Cuando llegaban aquí, ni pa’ qué te cuento. Eran puros tiros derechos. Si alguien te la cantaba, era el tiro directo, te dabas en tu madre, limpio”

Es lo que recuerda José de Jesús Sandoval, un bolero de Santa Tere que vive a unos tres metros de donde él y otros se partían la madre. El cuerpo de José es una armadura. Ha resistido botellazos, batazos, cadenazos, accidentes automovilísticos, operaciones, la muerte de familiares y un negocio que desde hace cuatro años ha ido a la baja.

Para que su armadura siga en pie, cada 15 días va al Hospital Civil de Guadalajara. Ahí le suministran algunos medicamentos para el dolor que se le ha pegado al cuerpo como el moho. Cuando tenía unos 22 años, en el pleno esplendor de la pandilla del barrio, José y otros dos se voltearon en un auto cuando iban a llevar serenata a unas muchachas de Ahualulco.

Aquella noche de borrachera en el Savoy, un bar que existía por el rumbo de San Juan de Dios, terminó con José en el hospital y un largo camino consecuente entre quirófanos, donde los médicos hicieron lo posible para arreglarle las cervicales.

Desde hace tres décadas, José o El Yesi como le llamaban en el barrio, tuvo que dejar en el armario los tubos, los ladrillos, los bates y el puño limpio, para cambiarlos por una bolería en el número 459 de la calle Pedro Buzeta.

Una inyección en el brazo. Un piquete en la vena. Como el heroinómano, José busca meter la sustancia en el organismo. La dosis de insulina le permite sortear la diabetes que padece. Por una bocina suena una estación con puras canciones oldies but goodies.

Aquí todos éramos chivas, pero no chivas del pinche equipo de futbol. Éramos chivas de que no nos metíamos drogas, nada de mota ni pastillas, puro alcohol, cerveza y brandy”, dice José al tiempo que presiona un algodón sobre la pequeñísima abertura que la aguja deja en su brazo.

Foto: Arturo Campos Cedillo

Santa Tere. Foto: La Jornada Jalisco

“Jump” de Van Halen suena en el estéreo. Un ejército de 12 gatos merodea esa bolería donde la boleada cuesta sólo 25 varos, pero que los clientes han dejado de frecuentar. Ahora compran tenis y ya no vienen al lugar, relata El Yesi.

Me gustan los gatos, siempre desde niño. Nunca me gustaron los perros. Tengo cuatro, pero los demás vienen porque les doy alimento. Además en todo negocio hay que tener albahaca y gatos, porque ellos atraen las envidias”.

–¿Quién le tiene envidia?–, se le pregunta al hombre.

–Mucha gente, siempre he salido adelante solo. Aquí yo viví siempre. Mi padre fue alcohólico y mi jefa siempre se chingó para sacarnos adelante. Cuando el negocio iba bien, todo lo gasté en mi jefa. Le dieron varias embolias. Una vez en el Civil me dijeron que ya había muerto, luego vino el doctor y me dijo que la habían regresado y de ahí varias embolias–, dice.

Santa Tere, el barrio que vio nacer a El Yesi forjó el hierro del traje de este hombre. Antes, según José, la vida era salvaje en el lugar. “Robatere” le decían porque abundaban los robos a toda hora y a lo que sea.

Pero era gente de otro lado que venía. Nosotros sólo estábamos preparados para cuando vinieran Los del Capo, que era un cuate que había estado en la penal. Teníamos todo preparado en azoteas cuando vinieran”.

–¿Cómo ve ahora las pandillas, la violencia actual?

–No, pues ahora cualquiera saca una pistola. Acá está tranquilo ya, quizá porque ya hay mucho negocio y eso, pero en Santa Cecilia yo tengo familiares, allá sí está bien pesado, ves a los cabrones en las esquinas. Yo sólo paso y ya sé qué pedo–, dice.

Cada que trae a colación cómo eran los madrazos en esa esquina, a El Yesi se le cae la armadura. Añora los tiempos en que los fines de semana eran con las morritas, en los bares de San Juan de Dios, en la esquina en que se daban con todo contra otros 50 batos, con Creedence a todo volumen desde la bocina de un auto estacionado en cualquier calle de Santa Tere.

Santa Tere. Foto: Arturo Campos Cedillo

Santa Tere. Foto: La Jornada Jalisco

A unas cuadras unas mujeres que bajan de sus camionetas Jeep, Honda y BMW compran en el mercado Manuel Ávila Camacho. Meten a la bolsa algunos productos orgánicos de moda. Compran un jugo de hasta 40 pesos en un sitio que se ha convertido en los preferidos de la clase alta que viaja desde el poniente hasta acá, a Santa Tere.

Antes, en los tiempos de El Yesi ni por aquí les hubiera pasado ir a este barrio viejo y bravo en el que ahora abundan tortas ahogadas, puestos de birria y piñatas.

La esquina de Pedro Buzeta y Manuel Acuña tiene letreros pintados que rezan “Barrio Santa Teresita”. Los tronidos de los huesos estrellándose contra tubos, chacos, ladrillos y botellas han sido silenciados por una vinatería, una abarrotera, una tienda de ropa para niña y un negocio de productos para fiestas infantiles.

Creedence Clearwater se escucha desde la bocina de la bolería.

La Jornada
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