Ricardo Solís.- El más reciente libro del historiador Jean Meyer, La fábula del crimen ritual. El antisemitismo europeo (1880-1914) (Tusquets Editores, México, 2012), es una

El historiador y novelista Jean Meyer fue reconocido por el Colegio de Jalisco en octubre del 2009. Foto Arturo Campos Cedillo
Ricardo Solís.- El más reciente libro del historiador Jean Meyer, La fábula del crimen ritual. El antisemitismo europeo (1880-1914) (Tusquets Editores, México, 2012), es una revisión histórica de la época del surgimiento y la definición del antisemitismo “moderno”; si bien el fenómeno se extiende desde la primera cruzada en el siglo XI hasta el holocausto nazi del pasado siglo, aún persiste en la actualidad debido en buena medida a las polémicas políticas que ejerce el contemporáneo Estado de Israel.
Este ensayo de Meyer se centra en el antisemitismo europeo entre 1880 y 1914, canalizado y difundido por la revista jesuita Civiltà Cattolica, auspiciada por la curia romana, que recoge la confrontación ideológica en Europa entre la modernidad, cuya vanguardia eran los judíos –destructores de toda religión desde la Revolución Francesa, según estos católicos de la época–, y la Iglesia, guardiana de la única verdad y, por tanto, contraria a toda forma de pensamiento que pusiera en riesgo su hegemonía.
Así, el crimen ritual, descrito por el historiador como “una pasión asesina”, en la tradición secular cristiana, consiste en la necesidad de elaborar el pan ázimo de Pascua con sangre cristiana, preferentemente de un niño; ahora, aunque existen múltiples variantes de la leyenda, responde más a “una superstición paranoica” –tras la que se han parapetado diferentes formas de antijudaísmo, sean religiosas, racistas o económicas– que a una verdadera liturgia, porque jamás se ha demostrado que algún texto sagrado judío así lo prescriba.
En palabras de Meyer, volver a poner el tema sobre la mesa no se debe a “una razón circunstancial, no por lo que pasa ahora en el mundo. Se trata de un viejo proyecto, preocupación e interés; he venido acumulando material en los últimos años y el punto de partida es la lectura exhaustiva de esta revista publicada por jesuitas en Roma, fundada en 1850 y que existe hasta la fecha, es una publicación de altura y hoy día es más bien del ala liberal-progresista de la Iglesia, pero en aquel entonces era de combate, uno reaccionario, antimodernista total, en términos religiosos y políticos. Así, el antisemitismo era uno de sus caballos de batalla pues en los judíos encontraban la causa de todos los desastres que sufría la cristiandad en general y la Iglesia en lo particular (había perdido los ‘Estados pontificios’ y el Papa se proclamaba como preso de El Vaticano)”.
Esta acumulación se inició en el año 2000 y, señala el historiador, “hubo un momento en el proceso que me parece –en un caso similar al de los novelistas– de ‘maduración’; era el momento en que debía sentarme a escribirlo y se trata de algo distinto de lo que había publicado hasta el momento”.
Ahora bien, la selección de la época “me la dictó la revista” y, tras una lectura detallada, “pude hacer una cronología del antisemitismo que, en 1914, desaparece, en parte –creo– a la llegada de Benedicto XV al trono papal, que era liberal y tolerante en el diálogo (lo que le trajo problemas durante la I Guerra Mundial). Tan pronto muere, Civiltà Cattolica retoma el tema, y es un momento nodal en Occidente con la revolución bolchevique triunfante, la creación de la Unión Soviética, el surgimiento del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania. En 1938, Pío XI los detiene de nuevo”; lo anterior pone de relieve que, aunque este libro llega hasta 1914, este proyecto contempla un segundo tomo, aunque el autor no está seguro “de que se llegue a publicar”.
Con todo, entre lo que más le ha impresionado al historiador, es que muchos textos que no podían ser encontrados en físico se hallan disponibles en la red, lo que prueba que “la bestia nunca muere”; eso “no lo sospechaba, y muchos títulos de hace dos o tres siglos que se citan en Civiltà Cattolica se encuentran en sitios web antisemitas. Hay una corriente subterránea que uno no ve, pero cuando uno lo nota se espanta”.
Citado en el libro, Freud establece que las psicosis sociales “son inmunes a los argumentos” y justamente, precisa Meyer, la idea del crimen ritual, como obligación religiosa, “es lo que llama Freud una psicosis popular; tan es así que estos jesuitas cultos y excelentes periodistas, creen –como artículo de fe– que el crimen ritual es impuesto por las sinagogas como obligación. Así, no es casual que el propio Hitler cite algunos de los procesos más conocidos que en esa época realizaron contra acusados de cometer este tipo de crimen”.
Estos hechos, “nos obligan a ser muy lúcidos y nunca demasiado optimistas”; ya que esto sucedía incluso ante las prohibiciones papales que, desde el siglo XII, han condenado la judeofobia. Asimismo, son notorios los casos en que las palabras de algunos grandes investigadores “han sido sacadas de contexto” en cuanto al tema (como es el caso de James G. Frazer), algo que “nos obliga a ser honestos”.
Sostiene Meyer que “mi postura es clara, y cuando escribí el libro lo hice para mí; igual no pensé que lo publicaría, existe el riesgo de que me citen equivocadamente. En la última parte, de hecho, se citan casos recientes en los que hace menos de una década algunos historiadores judíos tuvieron problemas por actuar ‘con propiedad’ respecto de su profesión, y se les conminó al silencio o se les corrigió la plana”.
Detalla el investigador que “he intentado no ridiculizar a los jesuitas de esta revista, quienes estaban en su lugar y circunstancia –los jesuitas de Inglaterra o Estados Unidos no sólo no compartieron su postura sino que estuvieron en contra y los criticaron–; la idea fue respetar lo dicho por cada grupo, citando abundantemente las fuentes, así como los estudios más recientes respecto del asunto”.
Ahora, hay una “parte mía” en este trabajo, establece Meyer, “el albañil dispone de ladrillos y piedras, pero hay muchas maneras de levantar un muro. Como copista, tengo los ladrillos y los utilizo; en ese sentido, la obra no es mía sino de ellos. Pero, como albañil, soy yo quien levanta el muro, escogiendo piedras por aquí o ladrillos por allá; esa es la parte mía, lo mismo que no disimular ante el lector y decirle lo que quiero y lo que no. No creo que la objetividad se logre nunca; es un ideal, pero no hay que renunciar a él. Pero como no se puede lograr, hay que advertir al lector. Por mis raíces (y lo advierto en el texto), no puedo ser totalmente objetivo. Sólo espero que este libro encuentre buenos lectores y no sirva para lo contrario de lo que busco”.