Yo soy de esos que escriben nada más para dejar registro de sus pensamientos: Cirerol

Verónica de Santos.- Juan Cirerol no parece el mismo sentado tranquilo en un sillón, tirándose sin querer las cenizas del cigarro sobre la ropa negra

El músico cachanilla Juan Cirerol. Foto HŽéctor Jesúœs Herná‡ndez

Verónica de Santos.- Juan Cirerol no parece el mismo sentado tranquilo en un sillón, tirándose sin querer las cenizas del cigarro sobre la ropa negra de pies a cabeza: botas desgastadas, pantalón muy justo, camisa arrugada, cinto con hebilla grande y plateada. No se reconocen en su cara las contorsiones con que lo retratan siempre que está en el escenario, mojado en sudor como si le lloviera encima, desgajándose canciones una tras otra con la voz a ratos bien entonada y grave, a ratos ronca o nasal o quebrada o hecha un grito controlado o convertido en eructo, de repente.

“Esta mano puede hacer cosas muy chingonas con la guitarra”, dice entre acabarse una michelada y empezar una Corona y agarrar de cenicero la tapa de plástico de un disco. Y muestra una mano pequeña y con los dedos destrozados por los dientes. También sonríe y responde que a huevo que se topaba con músicos de mucha más edad en las taquerías y en las cantinas donde tocaba al principio en Mexicali, de donde es él y está muy contento de decirlo, por eso iba a empezar la tocada con dos canciones sobre su tierra cachanilla.
Que sí, que no. Luego de una ausencia sin avisos ni explicaciones hace un par de semanas, este jueves Juan Cirerol volvió a Guadalajara para cumplir su palabra y tocar en el Salón Púrpura, donde el espectáculo de sus 12 cuerdas, su armónica y sus canciones a lo country o texanas o polquitas sobre la soledad, la monotonía, el no te vayas y los pericos, las pingas, los focazos para pasarla no era nada comparado al espectáculo abajo del escenario, donde hipsters y modernitos de grandes lentes de pasta, bigotes engominados y ropa a la última moda coreaban a todo pulmón las letras completas y se desgañitaban haciendo pasitos y pidiendo a gritos “Clonazepam blues”, “La shola” y hasta “La puerta negra”.
Antes de todo eso, de que apagara las colillas con la suela en la alfombra de la tarima, de que pusiera la bachicha con toda maña entre las cuerdas tensas entre la cejilla y las clavijas, de que se acabaran las cervezas y la gente le pasara las suyas, de que tirara las botellas y su líquido antes de arrancar los acordes; antes de todo eso, Cirerol se estiraba en el sillón del backstage con la espalda en el asiento, una pierna en la pared, otra en la codera, y masticaba la púa. Y conversaba.
–¿Por qué nos dejaste vestidos y alborotados?
Muy lamentablemente me quedé como imposibilitado de poder contestar llamadas siquiera. Estuve muy dormido, digamos. Estaba muy cansado, pero con un cansancio que ya no era normal, muy fuerte. Tuve que ir al doctor, le hablé a un amigo mío que tocaba la batería en una banda y se hizo doctor, y le hablé. Y ya cuando llegó el día en que tenía que venir a tocar, no pude. Fue como un agotamiento. De aquel lado, en Mexicali hace muchísimo calor, y eso aunado al ajetreo y algunas otras cosas como no alimentarse bien y etcétera, etcétera hizo que me diera un golpe de calor medio raro.
–Algo que me sorprende mucho de tu música es que es absolutamente norteña pero le gusta a un montón de gente que en realidad no se atrevería a confesar que sí le gustan los corridos, por ejemplo.
–Eso me pasó a mí. Por eso comencé después de lo que podría haber comenzado a tocar esto: me daba vergüenza admitir que me gustaba la misma música que le gustaba a mi abuelo. Yo creo que es una cosa de la edad de cada quien, eso de que yo quería oír algo diferente de lo que oí en las fiestas, en las piñatas y las carnes asadas. Pero aquí en Guadalajara me he dado cuenta de que hay mucha música norteña; vienen muchos artistas que no van a otros lados del país. Aquí es donde se me figura que termina el Norte. Justamente, algo muy extraño me pasa aquí, como que aquí también comienza el Sur y pasas una línea invisible y todo cambia, es como otro país.
–¿Cuándo decidiste quitarte la pena y aceptar que te gustaba la misma música que a tu abuelo?
–Cuando pensé que todos nosotros como generación éramos muy, muy… malos. Musicalmente hablando: malos. Es una sentencia que alguna vez dije, ahora ya no la pienso así pero en aquel entonces dije: “Qué poco talento. Ni gabachos ni los mexas la arman. Tengo que hacer algo”. Fue un aire de presunción muy feo, pero también era una convicción de que siempre quise ser vaquero, desde morro. Y no podía porque tenía que ser como todos mis amigos, y yo quería ser como mi abuelo… Nomás que no se vaya él a dar cuenta de eso. Es un señor que tenía, tiene mucha actitud, y un porte muy fregón que a mí siempre se me hizo suave, y que mis tíos también lo tienen. Y me gustó copiárselos, hasta cierto punto.
–Sé que también escribes poesía.
–Supuestamente, sí, según yo… es a lo que más se le puede parecer, a un poema. Lo publico en un blog pero lo que más me gusta, lo mas importante, lo imprimo y lo dejo guardado. Como eso que se me mojó con la lluvia. Son pocas hojas. Ahí está el borrador de mi primer y único libro, que se basa en ese de ahí que se llama El haragán. Es un anecdotario.
–También supe que te gustan los beatniks ¿Así dirías que es tu poesía?
Es mi género favorito, supongo. Escribo mucho en ese patín pero no lo hago por eso. Es que es lo único que pienso. Y pues yo nunca me acordé que se llamaban beatniks o el movimiento beat, pero no sé ni qué fregados signifique eso relacionado con la literatura. No me considero de ninguna vertiente de la escritura, porque no sé escribir. Lo hago porque me gusta escribir letras y ver papeles con un montón de párrafos conmigo, y que hasta cierto punto digan algo interesante. Como lo hizo Keoruac con su libro más emblemático, que lo hizo sin separación de párrafos: es una obra enigmática muy loca, un jeroglífico completo. Yo en todo caso soy de esa corriente que nada más escriben para dejar el registro de sus pensamientos.
–¿Cómo sabes si eso es un poema o una canción?
–Cuando le pones una guitarra.

La Jornada