Energía sostenible para todos

Juan Nepote.- Vivimos dependientes de la energía. Esa palabra, esa idea, ese concepto que nos resulta absolutamente familiar, a pesar de que no tengamos

Pintura de Hermann von Helmhoitz de Ludwin Knaus. Foto Cortesí’a.

Juan Nepote.- Vivimos dependientes de la energía. Esa palabra, esa idea, ese concepto que nos resulta absolutamente familiar, a pesar de que no tengamos una definición satisfactoria. Y es que no estamos capacitados para percibir la energía. Apenas somos capaces de distinguir sus múltiples efectos, sus transformaciones perpetuas. Basta dirigir la mirada al entorno cotidiano para confirmarlo: en los paquetes que anuncian el contenido energético que cierto cereal o bebida podría aportar a nuestro organismo, en la iluminación de las calles y las casas, en los indicadores de la energía almacenada en las baterías de nuestras computadoras y teléfonos, en el fuego que corona las hornillas de las estufas, en los circuitos que mantienen la gélida atmósfera de los refrigeradores, en el funcionamiento de los motores de automóviles o de autobuses. Para algunos científicos, la historia de la vida no es otra cosa que una búsqueda constante de la energía. Así que no deben sorprendernos las discusiones en torno a las fuentes que nos proveen energía; se trata de un debate tenso –por sus implicaciones económicas– y obligatorio –por sus implicaciones sociales–, fundamental para el presente y también para el futuro.

El acceso a la electricidad, por ejemplo, actualmente representa una necesidad de primer orden. Y sin embargo, se estima que en países como el nuestro existen más de mil 500 millones de personas que no tienen acceso a la electricidad, además de otra cantidad semejante de gente sumida en condiciones de pobreza tales que, a pesar de que los servicios eléctricos estén disponibles en sus comunidades, no alcanzan a pagar el costo por esos servicios. No son pocas las voces que se han alzado para advertir sobre la necesidad urgente de contar con fuentes de energía eficientes y menos contaminantes, económicamente viables, socialmente aceptables y ecológicamente racionales, no sólo para causar un impacto menor en el ambiente, sino también para combatir la pobreza.

Una larga historia colectiva

En la antigüedad, fue a Tales de Mileto a quien se atribuyó la creencia de que existiera un solo elemento del cual estuviera hecho la totalidad del Universo; él se decantó por el líquido de su añorado mar Egeo: “Todo es agua”, sentenció. Demócrito, otro colega filósofo –y siguiendo a su maestro Leucipo– propuso la existencia de una partícula material básica, el átomo. Pero aquellas teorías no respondían dudas elementales: ¿Cómo es posible que todas las cosas hayan sido creadas a partir de un mismo material, si son tan diferentes ante nuestros sentidos? Por eso los filósofos de la Edad Media escucharon a Aristóteles: había que observar los movimientos, las transformaciones, los cambios. Así surgieron los alquimistas, que confiaban en convertir cualquier objeto en oro. Durante el periodo de la Ilustración germinaron los planteamientos de René Descartes y Christian Huygens sobre el movimiento de los cuerpos; las aportaciones de Gottfried Leibniz e Isaac Newton sobre las fuerzas; las conclusiones de James Prescott Joule, Robert von Mayer y Hermann Ludwig von Helmholtz sobre el calor.

Precisamente fue Helmholtz, memorable y visionario médico (por conveniencia: estudiar medicina era la única alternativa que tenía para acceder a una educación universitaria, ya que el gobierno de su país sostenía económicamente a los estudiantes de medicina) y físico (por convicción: estaba seguro de que la fisiología de su época debía cimentarse en las nociones básicas de la física y la química) de origen alemán quien formalizó el principio de conservación de la energía (aunque él se refería explícitamente a la “fuerza”). Esto quiere decir que la cantidad de energía que en la naturaleza puede ponerse en acción nunca cambia; “Ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Esta oración que parece de una simplicidad tremenda, fue la conclusión de un enorme trabajo colectivo, y muchas veces inconsciente, entre una gran cantidad de personajes ilustres durante un lapso muy breve (entre 1832 y 1854): desde los franceses Sadi Carnot, Marc Séguin y Gustave Adolph Hirn, los ingleses James Prescott Joule y Michael Faraday, el galés William Grove y el danés Ludwig August Colding, hasta los compatrioras de Helmholtz: Karl Holtzmann, Julius von Mayer, Karl Friedrich Mohr y Justus von Liebig.

De manera que una vez finalizado el siglo XIX los físicos distinguían claramente dos entidades en la naturaleza: la materia –todo aquello que ocupa un lugar en el espacio, afectada por fuerzas gravitatorias, caracterizada por tener masa y estar compuesta por átomos– y la energía –sin masa y sin capacidad para llenar el vacío. Más que un objeto, un proceso que daba cuenta de las transformaciones ocurridas en la materia– y con una cualidad común: ni la materia ni la energía podían crearse o destruirse, sino que ambas cumplían cabalmente una inquebrantable ley de conservación. A partir de esa perspectiva de imponente certidumbre, la Física había logrado edificar una asombrosa síntesis de explicaciones relacionadas con la naturaleza. Y hubo quienes pensaron que la tarea estaba terminada. Pero el siglo XX se inauguró con la revolución de la Física Moderna, encabezada por Max Planck, Albert Einstein y Niels Bohr –quien propuso en un momento inicial abandonar el principio de conservación de la energía, aunque luego desistió obligado por las evidencias que verificaban el trabajo de Helmholtz dentro del contexto de la teoría cuántica– entre muchos otros. Y nuestro concepto de energía aceleró todavía más su historia de transformación sin fin.

Ahora, por ejemplo, reconocemos variadas formas de energía: eléctrica, calórica, cinética, gravitatoria, elástica, potencial, química y nuclear, la energía oscura más allá de las fronteras de nuestro planeta, poblando mayoritariamente el vasto universo. Otra vez, la búsqueda constante de la energía, aquel abstracto e inasible concepto agazapado al fondo de las cosas, el motor que mueve al mundo. Una búsqueda científica fruto de la reflexión y la imaginación.

Nosotros y el futuro

Vivimos dependientes de la energía. Nuestra vida diaria gira alrededor de la energía. Esa palabra, esa idea con una historia larguísima, a pesar de que todavía no tengamos manera satisfactoria para definirla. Nuestra dependencia de la energía –la manera en cómo la utilizamos, la forma en cómo la producimos– nos coloca en una encrucijada: es urgente que encontremos las mejores alternativas para satisfacer nuestras necesidades energéticas. Algunos como Antonio Ruiz de Elvira, investigador de la Universidad de Alcalá, argumentan a favor de la energía producida por el Sol: una solución relativamente sencilla –prácticamente exenta de riesgos–, inmediata, limpia y eficaz –abundante casi hasta el infinito–. Él mismo ha calculado que la humanidad requiere de una cantidad de energía cercana a los 30 mil millones de kilowatts-hora diariamente; y que la energía que la Tierra recibe del Sol equivale aproximadamente a 100 billones de kilowatts-hora. Es decir, la energía que recibimos del Sol en la superficie del planeta podría representar tres mil veces más que nuestro consumo diario.

Para incentivar reflexiones de ese tipo es que la Organización de las Naciones Unidas ha puesto en marcha una iniciativa global llamada: “Energía Sostenible para Todos”, que pretende fomentar la colaboración entre los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil para alcanzar tres objetivos fundamentales hacia el año 2030: garantizar el acceso universal a servicios energéticos modernos; reducir la intensidad energética mundial en un 40%; incrementar el uso de la energía renovable a nivel mundial al 30%. Una de las primeras acciones ha sido nombrar este 2012 como Año Internacional de la Energía Sostenible para Todos. El objetivo es convocar a “la toma de conciencia sobre la importancia de incrementar el acceso sostenible a la energía, la eficiencia energética y la energía renovable en el ámbito local, nacional, regional e internacional”, evidenciando que “los servicios energéticos tienen un profundo efecto en la productividad, la salud, la educación, el ámbito climático, la seguridad alimentaria e hídrica y los servicios de comunicación”. Se trata de imaginar –y comenzar a construir desde este mismo momento– el futuro que queremos.

La Jornada