Derecho a la información y a la felicidad

Felipe Vicencio Álvarez.- La sociedad ya había cambiado, pero algunos medios de comunicación decidieron volver a los usos del pasado sin darse cuenta de

Manifestación de estudiantes que se suman al movimiento #YoSoy132 en Guadalajara. foto Héctor Jesús Hernández

Felipe Vicencio Álvarez.-

La sociedad ya había cambiado, pero algunos medios de comunicación decidieron volver a los usos del pasado sin darse cuenta de ello. La cobertura que dieron para proteger al candidato presidencial del PRI después de su desencuentro con los universitarios de la Ibero en la Ciudad de México el pasado 11 de mayo hizo recordar viejos tiempos que considerábamos idos, tiempos en que los medios de comunicación funcionaban como parte del aparato de control político del Estado priísta. Lo hicieron como una reacción casi refleja, entusiasmados como están con el ascenso del candidato del antiguo régimen. El encabezado de El Sol de México, “Éxito de Peña en la Ibero, pese a intento orquestado de boicot”, era del mismo estilo del que el propio diario imprimió el 3 de octubre de 1968: “Responden con violencia al cordial llamado del Estado. El gobierno abrió las puertas del diálogo”. Pero a diferencia de lo ocurrido hace 44 años, los jóvenes hoy no estaban aislados en un cerco infranqueable de silencio cómplice. Los medios alternativos de comunicación permitieron a todos saber lo que realmente ocurrió y así se desencadenó la reacción que se ha articulado en torno al movimiento #YoSoy132, que ha dado cauce a la fuerza de jóvenes que habían venido siguiendo la campaña presidencial como simples espectadores –con más apatía que interés– y que vieron este comportamiento de los medios como una provocación. De no haber ocurrido el incidente de la Ibero y la reacción de Televisa y la OEM, lo más probable es que un amplio segmento de ciudadanos que apenas lograron la edad de votar habrían engrosado las cifras del abstencionismo, fastidiados por la monotonía del discurso político y ajenos a la disputa por el poder que no les interesa, pero el manotazo autoritario sacudió su conciencia y los puso en acción. Fue como una lección intensiva de civismo y ahora son un actor que no es posible ignorar o desestimar, porque ellos están resueltos a participar.
La reivindicación fundamental que ha planteado la movilización juvenil es el derecho a la información. Este es un rasgo peculiar que la distingue de cualquier otra y que coloca su lucha en el centro de la disputa por la democracia. En efecto, el carácter democrático de una sociedad como la nuestra depende en buena medida del grado en que en ella se puede hacer valer el derecho a saber y el derecho a expresarse. “Queremos ser libres y que los medios no impongan sus mentiras”, han dicho. El movimiento ha exigido objetividad en la información para asegurar la equidad en la competencia electoral y advierten del riesgo de que se restaure un viejo régimen que –dicen– practica la violencia de Estado, el autoritarismo, el encubrimiento y la opacidad en la toma de decisiones. La urgencia de estas demandas ha sido también la fuerza de atracción que ha conseguido hacer de la congregación inicial de 131 estudiantes de la Iberoamericana un movimiento que agrupa a miles de jóvenes de decenas de universidades públicas y privadas de todo el país.
Reunidos el 30 de mayo pasado en la UNAM celebraron una Asamblea General Interuniversitaria para resolver, según ellos mismos plantearon, “cómo nos organizamos, por qué luchamos y cuál será el plan de acción a desarrollar”. En ella el movimiento reiteró que la suya era una lucha “por el derecho a la información y a la felicidad”. Tuvo que asumir una mínima institucionalización –inevitable para perdurar y poder articular las múltiples fuerzas que confluyen en él– y formuló una lista de demandas que se añaden a la exigencia inicial. Ahora piden también juicio político al presidente por los muertos en la lucha contra el narcotráfico, a Peña Nieto por los hechos de Atenco y a Elba Esther Gordillo por su manejo corrupto del sindicato de maestros, manifiestan su rechazo a la Alianza por la Calidad de la Educación, exigen incrementar el gasto en educación, ciencia y tecnología y ampliar la matrícula en todos los niveles educativos. Es natural que en el proceso de acumulación de fuerzas se incorporen las demandas de los grupos de interés que se van sumando y que incluso los partidos políticos pretendan capitalizar su fuerza, lo que hasta ahora han evitado. Pero el movimiento tiene frente a sí la disyuntiva de seguir sosteniendo la bandera que le dio el aliento original y que lo hizo despuntar en medio de la mediocridad y el tedio del discurso político, reclamar el derecho a la información o dejarla de lado para diversificarse en las múltiples exigencias que se expresaron en la asamblea de la UNAM. Si opta por lo segundo tendrá que asumir que su convocatoria será excluyente y afrontará el riesgo de la dilución en la multiplicidad de causas distintas. Cuestión de estrategia. El tiempo dirá si esta insurrección cívica tiene la fuerza para desencadenar cambios fundamentales que hacen falta a nuestro régimen para hacerlo más democrático, o si es sólo una reacción momentánea que gradualmente se sofoca por frustración e impotencia.

La Jornada