El doctor Levi y su memoria atormentada (primera de dos partes)

Juan Nepote.- La Universidad de Guadalajara puso en marcha –el año pasado– la Cátedra de Humanidades Primo Levi como un espacio de encuentro para conversar

Primo Levi. Foto tomada de Internet.

Juan Nepote.- La Universidad de Guadalajara puso en marcha –el año pasado– la Cátedra de Humanidades Primo Levi como un espacio de encuentro para conversar sobre ciencia, literatura, filosofía, ética, derechos humanos, educación o estudios hebreos, con la colaboración de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad, el Instituto Italiano de Cultura y la Comunidad Hebrea. El primer invitado fue el magistrado español Baltazar Garzón, poco después de haber sido suspendido como juez de la Audiencia Nacional Española, para hablar de Memoria, justicia y reparación; una encarnación puntual del espíritu con el que la Cátedra fue creada. Hace unos días el turno correspondió al historiador Fabio Levi, fundador y director del Centro Internacional de Estudios Primo Levi, aquel científico que en la literatura encontró una forma de sobrevivir, y viceversa. Un personaje, una voz, una compañía, un ejemplo, cada vez más necesario de no olvidar.

“Primo Levi, doctor en química…”

Hacia 1963, sobre la mesa del reconocido editor italiano Ernesto Ferrero, apareció un manuscrito de un autor hasta el momento anónimo. Sin embargo, “hasta un aprendiz de tendero habría comprendido que el libro, aunque en forma de hojas volantes, tenía el tono y la sustancia de un clásico. La hoja que iba como carta de presentación de aquel manojo de hojas tenía una leyenda impresa: Primo Levi, doctor en química. Ferrero nunca había escuchado hablar de aquel Primo Levi, de unos 40 años de edad por aquella época, seco, modesto, taciturno, tímido. Cuando lo conoció personalmente le llamó la atención el número 174517 que Levi llevaba tatuado sobre un brazo –siempre visible, gustaba de usar la camisa con las mangas dobladas– sin ninguna vergüenza, pero también sin orgullo. “Era como si le hubieran impreso en el brazo otras dos calificaciones limitativas: testigo, químico. Un químico es un testigo. Sumados los dos no podían dar un escritor”, recuerda Ferrero, quien trabajaba para la prestigiadísima editorial italiana Einaudi. La misma donde colaboraron varios de los personajes más relevantes de la literatura italiana del siglo XX: Italo Calvino, Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, la empresa que tanto había influenciado Norberto Bobbio, representante de la pasión política y cultural de Giulio Einaudi. En aquel momento Ferrero no pudo haber sabido que Primo Levi ya había hecho el intento –sin suerte alguna– de publicar un libro con Einaudi.

Pero la historia empezaba mucho tiempo antes. Primo Levi había nacido en Turín en 1919, en la misma casa que habría de habitar por su vida entera. Su familia formaba parte de la comunidad judía de la región del Piemonte italiano, con ascendencia española y francesa. Desde muy joven, Levi tuvo un contacto profundo y amistoso con los libros. Lector constante y omnívoro, lo mismo frecuentaba la poesía que los libros técnicos. En una antología que publicó en 1981, La búsqueda de las raíces, rememora su formación como lector plural: “¿Cuánto le deben nuestras raíces a los libros que hemos leído? Todo, mucho o nada: según el ambiente en el que hayamos nacido, la temperatura de nuestra sangre, el laberinto que la suerte nos ha asignado”. Aquella compilación representa una fiesta donde Levi reúne a los autores que más lo influenciaron, donde conversa sobre los temas que más le intrigaban: desde la injusticia que oprime a los hombres justos según la Biblia, hasta las razones de Charles Darwin para argumentar que los animales son bellos, pasando por el ingenio de Sir William Bragg para escudriñar los átomos, el mensaje de distopía en los viajes de Gulliver imaginados por Jonathan Swift, el trabajo rutinario e inspirado que Ludwig Gattermann llevaba a cabo dentro de los laboratorios científicos, la ironía de François Rabelais, la fabulación de Joseph Conrad, la originalidad de Homero, la fantasía de Marco Polo, la poética científica de Lucrecio, el optimismo filosófico de Bertrand Russell, la enunciación del futuro de Arthur C. Clarke, el gozo de acercarse a los imprescindibles de la literatura contemporánea: Melville, Mann, Elliot, Celan. “He leído mucho porque pertenecí a una familia en la cual leer era un vicio inocente y tradicional, un hábito gratificante, una gimnasia mental, un modo obligatorio y compulsivo de ocupar el tiempo y una suerte de deslumbramiento orientado hacia la sabiduría.

Aquel amor por los libros y las lecturas, así como un inminente sentido práctico –y empujado por la situación precaria de su familia– se matriculó en la facultad de química de su ciudad natal. Se formó como químico con el anhelo de encontrar un trabajo que le permitiera mantener a su familia (su padre había enfermado de cáncer). En la mayor parte del mundo, aquellos eran años de efervescencia para la investigación científica. Italia no era la excepción: diez años antes, Ettore Majorana, Edoardo Amaldi, Emilio Segrè, Enrico Fermi y el resto de los chicos de Via Panisperna habían llevado la física teórica y experimental italiana hasta niveles extraordinarios. Pero a finales de los años 30 el gobierno fascista de Benito Mussolini dio una serie de giros, y para 1938 se promulgaron leyes raciales que, entre otras consecuencias, impedían a los italianos judíos estudiar en escuelas públicas. Improbable, milagrosamente, Primo Levi consiguió graduarse como químico en 1941, apenas un año después de que Italia hubiera declarado la guerra a Francia y el Reino Unido. En su constancia universitaria aparecía una marca imborrable: “Raza judía”. Así que Levi tenía cerradas las puertas para una carrera académica como profesor investigador universitario. Hizo acopio, nuevamente, de su sentido de la practicidad y encontró un trabajo en la industria química. A finales de 1942 entró en el clandestino Partito d’Azione, y luego del armisticio de septiembre del año siguiente, se une al grupo partisano “Justicia y libertad” que operaba en la zona de Valle d’Aosta, siempre al norte italiano. En diciembre de 1943 el ejército fascista lo capturó y Primo Levi fue enviado a un campo de concentración para judíos en Fossoli. Poco después habría de ser deportado a Auschwitz.

El sistema periódico

El azar, las combinaciones de ciertos hechos, el empeño, la aparente serenidad de su carácter, la suerte (¿buena?, ¿mala?) provocan que Primo Levi se contara entre los poquísimos sobrevivientes de Auschwitz. Con dolor –algunas veces más disimulado, algunas veces más explícito– Levi se reincorpora lentamente a la vida cotidiana fuera de los campos de concentración. Se vuelve a aferrar a la ciencia química como tabla de sobrevivencia. Encuentra un trabajo en una industria fabricante de pinturas, donde roba tiempo al trabajo diario para ir dibujando una novela que ofrezca un testimonio de sus años en Auschwitz. Pone punto final a Si esto es un hombre, que acoge la pequeña editorial De Silva. La obra despierta algunas buenas críticas, pero sobre todo recibe cierta indiferencia. Levi se refugia más profundamente en el trabajo aparentemente rutinario y anónimo de la industria química, y allí persistirá hasta que le llegue el tiempo de su jubilación. Antes de eso –acostumbrado a aferrarse a algo, un anhelo, una costumbre o una esperanza– vuelve a proponer su novela a Einaudi, que finalmente decide publicarla. Esa vez la respuesta es notoriamente favorable y Si esto es un hombre pronto es traducida al inglés y al alemán, pero para muchos de sus contemporáneos Primo Levi no será un escritor, sino apenas el autor de un sensible testimonio de la bárbara persecución de los judíos durante la Segunda Guerra. En 1975, ya jubilado, Levi retoma su interés por la escritura literaria de manera permanente. Ese año publica El sistema periódico, un libro singular que en 2006 habrá de ser reconocido como “el mejor libro de ciencia de la historia”. Amasijo de testimonios y ficción, El sistema periódico se desenvuelve en un espacio literario entre 1939 y 1976, localizado en la geografía donde Levi se había desenvuelto: Turín, Auschwitz y Milán. Un conjunto de 21 narraciones con continuidad entre ellas, organizadas como metáfora de la célebre Tabla periódica de los elementos. Es, digámoslo así, una síntesis del punto de vista de Primo Levi, quien buscaba en la química “la clave del universo, el porqué de las cosas… prefiero que mis actos sean inspirados por la razón”. Esa óptica gobernada por la serenidad y guiada por la curiosidad.

La Jornada