Ascenso y caída del torero que riñó al “Mimo de México”

Carlos Luna Zacatecas, un Estado en el que florecieron grandes ganaderías, incluida la más importante del país, la de San Mateo, fue testigo del

Carlos Luna

Zacatecas, un Estado en el que florecieron grandes ganaderías, incluida la más importante del país, la de San Mateo, fue testigo del inicio de la carrera de una promesa del toreo que, desde que abrió el capote mostró que en poco tiempo se remontaría a grandes alturas, pero que por azares del Destino, de pronto todo se le derrumbó hasta hacerlo sentir que nada le quedaba por hacer en los ruedos, a causa de un incidente que él mismo provocó llevado por su orgullo torero.

El personaje fue un jovencito tapatío de cuna humilde, nacido en el barrio de San Juan de Dios, el más taurino de Jalisco, donde creció y empezó a desenvolverse ya con una afición innata que no le cabía en su cuerpo.

Llevó por nombre José Antonio Luna, que pronto se hizo popular entre sus compañeros de andanzas y a los cuales pudo conquistar por su carácter alegre y jovial, y porque nunca conoció la envidia ya que, contrariamente, era generoso con todos sin mostrar el menor interés.

Luego de recorrer la legua por los pueblos de Jalisco, con incursiones en ganaderías, casi siempre sin ser invitado y con actuaciones en festivales y una que otra novillada, cruzó la frontera jalisciense y se internó en el vecino Estado de Zacatecas con la ilusión de darse a conocer ante el público que acudía a las ferias.

No fue solo; lo hizo en compañía de los mejores novilleros tapatíos de esos tiempos,  Polo Trujillo y Jorge Carmona “El Guada”.

Ya en Zacatecas, convivió con los toreros locales Jesús Ruíz, José Antonio Enríquez y Alfonso Vázquez “El Kinkas”, este último era por demás valiente y sobrado de facultades por su gran condición física, el Kingkón o Kinkas se olvidó de torear para convertirse en mozo de espadas y gran amigo de José Antonio Luna.

Este se ganó por su valor y torerismo la simpatía del ganadero de “Víboras”, el general Anacleto López, a tal grado de que en faenas de tienta era quien mandaba junto con el teniente Mariscal.

Tuvo la oportunidad de triunfar tarde tras tarde en la Plaza Alberto Baldera de Ciudad Juárez,  donde la afición Juarense se le entregó, y también tuvo una destacada presentación en la Plaza de San Marcos, de Aguascalientes.

Aquí en Guadalajara, ya con un contrato firmado por el doctor Gaona para debutar en la Plaza México, José Antonio aceptó en mala hora torear un festival en la Plaza El Progreso con Mario Moreno “Cantinflas”, pero antes de partir plaza le advirtió a Cantinflas, que de ninguna manera estaba dispuesto a alternar con él, ya que él y los toreros se iban a jugar la vida y el mimo no era más que un payaso, por lo que debería concretarse a ofrecer su espectáculo sin mezclarlo con la lidia en serio.

Aunque estuvieron a punto de llegar a las manos en el patio de cuadrillas, Mario Moreno se impuso a tal grado que días después nuestro personaje atendió un llamado del empresario de la México, la plaza que da y quita, el cual le dijo que no lo podía incluir en la temporada por “un compromiso imprevisto”. Le aclaró que le pagaría su actuación en la novillada, a lo que José Antonio le indicó “no me la va a pagar usted; me la paga Cantinflas”. Jamás volvió a torear, y fue tanto el impacto que poco tiempo después falleció en Estados Unidos a donde voluntariamente se desterró.

EL CANTINFLAS QUE AMABA A LOS NIÑOS

El verdadero Cantinflas que amaba a los niños se manifestó en otra ocasión en Zacatecas, cuando le prometió a un muchacho que lo llevaría a la plaza para que lo viera torear, pero el menor no llegó solo sino que juntó a todos sus amigos que eran muchos, y pese a la oposición del empresario, el numeroso grupo ingresó porque así lo quiso el gran cómico.

Este los envió a decirle al empresario que iban “invitados”, y como era de esperarse el organizador les hizo saber que no los iba a dejar entrar, por lo que Cantinflas le mandó decir que si se quedaban afuera él no torearía, y ante este ultimátum les franqueó la puerta de cuadrillas. Entraron todos a la plaza y por el ruedo ante la hilaridad del público subieron hasta las gradas para así disfrutar del toreo cómico de Cantinflas quien para hacer reír era todo un maestro; llenó toda una época porque sabía lo que tenía que hacer . Era tanta su afición que invirtió mucho dinero para crear la ganadería de toros de lidia “Moreno Reyes”, que gozó de buen cartel.

Esta anécdota la hizo notar el que fuera excelente cronista taurino Rubén Gil Rodarte, que tiempo después se convirtió en el mejor empresario zacatecano, quien no solo llevó a los mejores toreros a la Monumental de Zacatecas, sino que desde la antigua plaza organizó las ferias en Jerez que en Tlaltenango, Sombrerete y Villanueva; plazas que ya no han vuelto a ver figuras del toreo como entonces.

Rubén Gil narró que entre los años 1951 y 1955 se armaba gran revuelo cuando Cantinflas iba a torear a la capital zacatecana, donde en una ocasión un niño fue hasta el hotel donde se hospedaba don Mario y le dijo que no tenía dinero para pagar su boleto, y entonces el mimo le prometió que lo vería torear gratis, pero nunca se imaginó que en lugar de ir solo, se hizo acompañar de una parvada de muchachos que se fueron tras el carro en que iba Cantinflas.

La Jornada