Mariano Beret.- La búsqueda del desarrollo sustentable en Jalisco, entendido como aquel que satisface las necesidades presentes, sin comprometer la habilidad de las generaciones

Si de por sí, la ansiada sustentabilidad resulta un objetivo hipotético e inalcanzable, el presupuesto asignado a la Secretaría de Medio Ambiente para el Desarrollo Sustentable del gobierno de Jalisco (Semades) no ha favorecido a una adecuada programación e instrumentación que pondere en su medida la sustentabilidad, siendo prácticamente la secretaría con menos recursos, rondando los cien millones de pesos por ejercicio (y de los cuales prácticamente dos tercios se agotan en lo meramente administrativo, como sueldos, primas y seguros, o alquileres). Me consta que la SEMADES hace lo que puede, y considero que estira al máximo lo que tiene. Quiero creer que ante la agonía ambiental que estamos viviendo, esta instancia será favorecida y adecuadamente ponderada en el corto plazo.
Aún así, y como no podía ser de otra manera, Jalisco ha tratado de atender la necesidad ambiental y humana de fomentar el cambio en su dinámica en temas de gestión y política pública tan importantes como los de agua, ordenamiento territorial, contaminación atmosférica, áreas naturales protegidas, y residuos, entre otras.
En el tema específico de los residuos, al igual que en los otros indicados, últimamente se ha tenido que enfrentar a gestionar el cambio cultural, económico y político, de un sistema tradicional desarticulado y contaminante a una real y eficiente gestión integral.
Algo, o mucho, está fallando en la integralidad de esa gestión cuando, y como muestra, trasciende que el lamentable incendio de La Primavera presuntamente se produjo por Guadalupe Preciado Vázquez, una mujer pepenadora de 31 años, que ya ha sido consignada por quemar cables en el cerro del Colli, en las cercanías del Bosque, para obtener el preciado y bien pagado cobre al interior de esos tubos.
Los incendios son también frecuentes en los rellenos sanitarios autorizados y “tiraderos” ilegales, incluso algunos están permanentemente incendiados, pues no se compacta ni cubre el residuo, no se dispone de fosas de lixiviados ni por supuesto sistemas de captación de metano; ni siquiera se cercan o vigilan, y en ellos operan familias de pepenadores en inhumanas condiciones de seguridad e higiene. Para mayor desgracia, es muy frecuente que los “tiraderos” surjan en entornos naturales, como barranquitas o brechas, “al cabo, que ya está el hoyo”.
Con este panorama, urge reconocer y posibilitar en mayor medida nuevos modelos de tratamiento y aprovechamiento de los residuos, priorizando las etapas previas de su gestión: reducción, reutilización y reciclaje. Me refiero también al tratamiento de residuos orgánicos a través de fermentación con producción de biogás, agua potable y energía; al tratamiento de residuos sólidos urbanos en planta con varias secciones (separación mecanizada, bio-tratamiento, plantas de gasificación y rellenos sanitarios secos); tratamiento de residuos orgánicos a través de procesos anaerobios o de biodigestión (biodigestor-bioreactor para generación de biogás, combustible y energía); aprovechamiento material y térmico y disposición final eficientes; aprovechamiento energético de rechazos de residuos sólidos urbanos (térmico después de haber sido separados y antes de su envío al relleno sanitario), entre otras posibilidades.
No se trata solamente de una cuestión meramente ecológica, aunque es la más relevante a mi modo de ver por posibilitar propia la vida, sino de una oportunidad de reactivación económica y social, de innovación y tecnología, cultural y ética que define el grado de desarrollo y la calidad de vida de una sociedad en su conjunto.
La gestión integral de residuos es un mecanismo que minimiza los riesgos de incendio. Ahora que todos estamos tratando de recuperarnos de la tristeza de ver La Primavera quemarse, podemos también entender mejor la vinculación de lo que estamos haciendo, dejando de hacer, o provocando.
(Ciudad para todos)