Correo Ilustrado

Los engaños del neoliberalismo Los poderosos recurren al chantaje cuando sus mezquinos intereses son amenazados y se escudan en el fraude cuando se benefician

Los engaños del neoliberalismo

Los poderosos recurren al chantaje cuando sus mezquinos intereses son amenazados y se escudan en el fraude cuando se benefician ilícitamente. Es el caso del artificial escándalo explotado por los medios de difusión, debido a una decisión soberana, de un país soberano, gobernado por una nacionalista ejemplar: Cristina Fernández de Kirchner.
Expropiaciones de interés público aterran a los dueños del dinero y sus palafreneros: gobernantes y legisladores, los que de inmediato activan el artilugio usual: una campaña de difusión masiva para difamar y desprestigiar al gobernante y país que desafíe a los ladrones de cuello blanco, mente sucia y manos ensangrentadas, a veces con refulgentes títulos nobiliarios.
En México hemos padecido y estamos pagando esas estafas. Para justificar la privatización de la banca se esgrimió la inversión fresca que la recapitalizaría y la ampliación del crédito; sin embargo, ninguna cosa ocurrió, en cambio, los contribuyentes hemos pagado un tributo que alcanza casi el billón de pesos, y la deuda suscrita por el gobierno es apenas inferior a lo pagado.
Resultado: los bancos no prestan, obtienen ganancias estratosféricas, son usureros y parasitan las finanzas públicas.
Para privatizar las pensiones se apelaba a la insolvencia pública y a la seguridad que brindaba una cuenta individual y los seguros y atractivos intereses que generaría, pero lo que en realidad ocurrió fue todo lo contrario: las únicas ganadoras fueron las instituciones financieras que obtienen comisiones por administrarlas y adquieren beneficios por arriesgar fondos ajenos. Además, la más abominable perversidad consistió en transferir a los trabajadores el costo de las pensiones, y éstos no tienen ninguna posibilidad de demandar o reclamar a los empleados de las Afore que administren su fondo si ésta lo pierde en inversiones de riesgo o se lo roba.
Resultado: un trabajador al final de su vida activa puede tener a su disposición un monto que apenas le alcanzará para solventar los gastos pocos años después del retiro, si bien le va.
A estos robos cínicos se les llama rescate, pero si un gobernante comete la osadía de destinar dinero público a programas sociales para mitigar la miseria de los más desfavorecidos, será víctima de una campaña igual a la que no ha doblegado a la valiente presidenta argentina, acusándolo del grave delito de populismo.
Otro ardid es el crecimiento económico y la generación de empleos, pero al neoliberalismo es lo último que le importa; es sencillamente imposible que con las reglas neoliberales el PIB crezca y se creen fuentes de trabajo, porque el catecismo neoliberal impone dos cánones implacables: especulación y concentración de la riqueza.
El PIB promedio anual durante los gobiernos neoliberales ha sido de 0.2 por ciento con Miguel de la Madrid, del 3.0 con Salinas, el 3.4 con Zedillo, el 1.9 con Fox y con Calderón se espera un famélico 1.8 por ciento, el peor desempeño neoliberal; que contrasta con el del último presidente populista, López Portillo, que fue de 6.0 por ciento, equivalente al requerido para generar el millón trescientos mil empleos que México necesita.
Gustavo Monterrubio Alfaro

De los dientes para afuera

En la edición del 15 de abril del presente año opiné en este espacio que las estructuras burocráticas imitan de la sociedad la estratificación y el trato hacia los individuos según el puesto que ocupan: deshumanizado y ofensivo, o servil y adulador.
Pues bien, al comentar esto me he quedado corto, porque el individuo que comete injusticias (creyendo que la desigualdad las justifica) no solamente se vuelve vulnerable ante sus propios “superiores”, es decir, ante los dirigentes más altos de la estructura jerárquica a la que pertenece, sino también ante el resto de estructuras piramidales y estratificadas ajenas a su institución; llámese empresa comercial o cualquier organización política, religiosa o educativa.
Ésta última es la que tiene el deber de combatir los vicios morales independientemente de que se trate de una universidad laica o con determinada orientación religiosa; además de formar individuos autocríticos de su persona, su medio ambiente y su sociedad, todo esto desde la más tierna infancia y hasta la etapa universitaria.
Nuestra cultura de la corrupción es un cáncer social del que todos formamos parte, porque exijimos que el gobierno deje de cometer abusos y que se elimine la impunidad, pero, ¿qué pasa cuando nosotros somos los que damos mordida? ¿Cuando nos robamos la luz? ¿Cuando mentimos y engañamos como si no supiéramos lo que está mal?
Y lo que es todavía peor: quienes tienen hijos siguen inculcando en ellos la inmoralidad de una forma tan natural que causa repugnancia.
Decimos que estamos contra la corrupción… de los dientes para afuera.
Héctor Israel Esquivel Martinez

Peña Nieto y la manipulación

Hace unos días, viendo un programa en un canal de televisión abierta, me encontré con un reportaje de Peña Nieto, candidato a la presidencia de México. En este reportaje mostraban su vida pero no de la manera neutral que debería de ser, sino con un cierto tinte de favoritismo, lo defendían de algunos de los deslices que ha cometido durante estos meses. Y poniéndonos a pensar, toda esta información de este canal es manipulada para presentársela al público como campaña, como un actor que como todo mexicano comete errores, y aunque es cierto, ni él ni ningún otro candidato deben cometer ese tipo de errores, pues no es sólo una votación de escuela. Con su ignorancia nos da a conocer que no es capaz de manejar al país internacionalmente y que no conoce siquiera la situación de México. Vimos también cómo educó a su hija, mostrándose ella misma elitista e insultando a los que a fin de cuentas le pagamos el sueldo a su papá. Los mexicanos que no tienen acceso a otras fuentes de información se creen lo que ven en la tele, nosotros que sí tenemos otros accesos debemos desengañarlos para que se den cuenta del tipo de personas que están aspirando a puestos tan altos y que tienen ganados la mayoría de los votos.

Enrique Peña Nieto, candidato del PRI a la presidencia Foto: Notimex.


La Jornada