El viaje introspectivo de Daniel Guzmán a través de objetos de fierro oxidados

Verónica de Santos.- Daniel Guzmán abre su exposición Materia oscura en el Museo de las Artes de Zapopan (MAZ) con una instalación que ocupa

Verónica de Santos.-

Materia oscura, exposición de Daniel Guzmán en el MAZ. foto: HéŽctor Jesúœs Hern‡ández

Daniel Guzmán abre su exposición Materia oscura en el Museo de las Artes de Zapopan (MAZ) con una instalación que ocupa dos de las tres amplias salas de la planta baja que se le dedican, además del patio central. Se trata de Espíritu cotidiano en la tierra de los muertos, un paseo entre viejas y oxidadas estructuras de herrería recuperadas de un botadero de fierros ubicado en el pueblo de Oaxaca de donde era su madre y donde murió hace poco más de un año.

En el texto introductorio, el propio Guzmán explica que el título de la exposición se refiere a la imagen y el recuerdo de ella, así como a una interrogante sobre el rumbo de su propia vida, el sentido de lo que hace y sus relaciones personales.

Pero, aunque las formas inusitadas de las verjas, ventanas, puertas, anuncios y estructuras varias hacen pensar en el paso del tiempo y su disposición en el espacio vacío y neutro reflexiona sobre la construcción de los recuerdos como un caos de pequeños y abigarrados núcleos, lo cierto es que la imaginación del visitante se concentra más en imaginar en qué clase de arquitectura habría cabido un cancel tan torcido, para qué serviría esa brusca interrupción del tejido de metal, cómo se habrá rayado tanto el barniz de aquella puerta…

Guzmán procura insuflar la pieza del sentido existencial, melancólico y trágico de la premisa inicial mediante citas de William Burroughs rotuladas aquí y allá: “Una experiencia profundamente sentida es lo más difícil de expresar en palabras. Recordar trae el vacío. La conciencia intensamente dolorosa de la pérdida irreparable. ¿Qué es dolor? La mirada inmediata a mi gato calendario…”, por ejemplo.

Sin embargo, la mirada del visitante puede pasar los paratextos fácilmente por alto, o confundirlos con los rótulos publicitarios que venían de por sí con algunos de los fierros: aunque las fichas técnicas son lectura obligada y se agradece la información que contienen, la visita a una exposición de arte visual se trata más de ver que de leer los subrayados del artista en su libro de cabecera.

Y en el aspecto visual, Guzmán desperdicia una de las dimensiones más interesantes de la instalación: las sombras, como filigrana, como bloques, como líneas, como densidades de gris traslapadas y proyectadas en el piso y las paredes.

Luego de esta pieza, la muestra, que ya había tenido una elogiada temporada en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) el otoño pasado, continúa con una pareja de esculturas tituladas Good days, bad days: un par de cubos de rejilla negra con niveles internos que producen un juego de líneas interrumpido por las palabras que componen el título hechas del mismo alambre negro e incrustadas en la estructura de los lados, mientras que las bases forman en el centro una Piedra del Sol para referirse a los ciclos de 52 años del calendario azteca. Uno de estos cubos contiene rojas y rugosas piedras volcánicas, mientras que la otra se adorna de listones de colores que cuelgan verticalmente.

Este par es uno de los trabajos más conocidos y celebrados de Guzmán, quien nació, vive y trabaja en la Ciudad de México. A principios de los noventa estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y su currículum incluye exhibiciones individuales en Londres, Nueva York, Ámsterdam y Lyon. En Guadalajara ya había expuesto en el Museo de las Artes en 2000 con el título Golpe bajo.

Lo que sigue en el recorrido es una serie de dibujos de gran formato en los que Guzmán explaya su vena pop y grotesca a través de los personajes caricaturescos al estilo de la Familia Burrón que caracterizaron su primera etapa, aunque los aquí mostrados no sean particularmente impresionantes.

Casi por último, el show se completa con tres piezas alimentarias: Seis pesos es una escultura que en principio explora la superposición geométrica a través de la forma del triángulo como base poliédrica de madera y el círculo encarnado en un kilo de tortillas fenomenalmente enmohecidas ahora que han pasado más de dos meses desde la inauguración. La otra pieza que manifiesta el paso del tiempo es Amo y esclavo, una escultura colgante de metal dorado y chorizo. La tercera es ¿Así es el fin del universo?, una videoinstalación en la que se muestra la caída de una medida de sal a todo lo largo de una mesa azul, ahí presente también.

La última pieza es la que se encuentra en el patio central, y es también la única inédita: un muro que no llega a la rodilla de bloques de barro negro pero sin bruñir y ladrillos comunes y corrientes, anaranjados, que se repliega en grecas simétricas como el contraste de sus componentes.

De este modo, Materia oscura se crea a sí misma como un tránsito tanto de ida como de vuelta. Como uno nunca sabe para quién trabaja, resulta que el sitio al que lleva y del que sale no es Materia oscura, sino una sola sala en medio, prodigiosa: otra exposición. Pero de ella hablaremos mañana.

La Jornada