¿A qué vino el Papa?

Jaime Hernández Ortiz.- Dentro de poco tiempo veremos para dónde se traducen los efectos y resultados de la visita a nuestro país del papa

Jaime Hernández Ortiz.-

El papa Benedicto XVI se despide de los fieles mexicanos, concluyendo así su visita a México. foto: Notimex/Guillermo Granados

Dentro de poco tiempo veremos para dónde se traducen los efectos y resultados de la visita a nuestro país del papa Benedicto XVI.

De los elementos socio-políticos que precedieron a esta visita podemos deducir que Joseph Ratzinger no vino propiamente a dar apoyo o asistencia espiritual a los católicos mexicanos. No, su visita fue fundamentalmente política.

Y como en política todo depende de otros factores los resultados no siempre son los que uno espera.

Recordemos que lejos de tener el efecto de incrementar el número de creyentes con la visita de Juan Pablo II en 1979, el catolicismo mexicano entró en franco descenso y se incrementó significativamente la presencia de iglesias evangélicas y pentecostales, antes poco visibilizadas. Y a más de 30 años de distancia, el campo religioso mexicano se ha diversificado y ampliado significativamente.

El escaso atractivo que tuvo Benedicto XVI en esta visita producirá, sin duda, un nuevo desencanto a la mayoría de los mexicanos. Basta observar el efecto mediático y de mercadotecnia que rodeó esta visita. Incluso, la asistencia de la feligresía no fue tan espontánea como se presumió, ya que fue selectiva la entrega de boletos, además de que fue patrocinada por cientos de corporaciones empresariales.

Legitimación

Si Joseph Ratzinger y el clero mexicano hubieran tenido el propósito de organizar en verdad una visita pastoral hubieran esperado hasta finales de julio de este año.

Y si la presencia de Ratzinger hubiera sido de carácter espiritual habría venido a ofrecer consuelo y perdón a las cientos de víctimas de la pederastia sacerdotal o hacer propuestas de urgentes reformas para una institución de la que se decepcionan y abandonan cada día miles de creyentes.

Pero no fue así. Para empezar, Benedicto XVI vino a legitimar el gobierno de Felipe Calderón, cuyo régimen a escasos meses de terminar, ha sido severamente erosionado por el crimen, la corrupción y el nulo crecimiento económico. Esto sin tomar en cuenta que paradójicamente carecía de una legitimidad de origen.

En ese sentido, en realidad Joseph Ratzinger vino a darle la “bendición” al régimen calderonista; a la vieja usanza, como se bendecía a dictaduras y gobiernos autoritarios.

El símil no está lejos de ser verdad ya que las violaciones a los derechos humanos, el deterioro del Estado de derecho, injusticias y agresiones sufridas por la sociedad civil, han sido similares a las sufridas por gobiernos militares.

Unidad simbólica

En segundo lugar, Benedito XVI vino a realizar una función simbólica cultural: la de ser un supuesto factor de unidad nacional.

En los actos públicos, sobre todo la misa del domingo pasado, se quiso dar la impresión que Benedito XVI es capaz de unir y reunir a los mexicanos, y que la Iglesia católica sigue siendo factor de cohesión nacional. Aspectos que no corresponden a la realidad.

La imagen unitaria en Guanajuato de candidatos de todos partidos y de las más diversas corrientes ideológicas internas, muchas de ellas abiertamente confrontadas, aparentando replegar antagonismos y dejar de lado posturas para estar unidos en torno a una figura, una creencia y una religión, es falsa.

Las posiciones de clase, los intereses y las visiones de sociedad, de educación y de proyecto de nación no se pueden dejar de lado.

Tan sólo la asistencia de los candidatos presidenciales fue distinta. Únicamente Andrés Manuel López Obrador fijó con claridad el motivo de su asistencia: expresar su respeto a un jefe de Estado y líder religioso mundial.

Apoyo a la derecha

López Obrador ha sido el único que se ha pronunciado por un Estado laico. Los otros candidatos fueron a la foto y a hacer proselitismo entre el supuesto voto católico.

En tercer lugar la presencia de Benedicto XVI en México fue para apuntalar las campañas presidenciales de Josefina Vázquez Mota y de Enrique Peña Nieto.

Vázquez Mota no dejó pasar la oportunidad para realizar promoción de su candidatura. Y pese a la veda en actos públicos ésta se promovió entre la feligresía sin pudor ni recato.

Por su parte Calderón quiso aparecer como el verdadero impulsor de la “libertad religiosa” y no Enrique Peña Nieto, a quien la Conferencia del Episcopado Mexicano reconoce como el verdadero autor intelectual e impulsor de la reforma religiosa que durante el foxismo y lo que va del calderonismo no se logró sacar.

Después de esta visita papal el Episcopado mexicano hará votos, literalmente, para apoyar al tricolor, en primer lugar, y luego al blanquiazul. Pero el escaso prestigio de que goza el clero mexicano puede producir efectos contrarios.

Por viejos privilegios

En cuarto lugar, la presencia de Benedicto XVI se hizo para apuntalar la posibilidad de obtener privilegios para el clero católico y consumar las reformas al artículo 24 constitucional.

Ante la creciente debilidad de las instituciones para apaciguar la violencia y tensión social, el clero católico ha creído que la sociedad clama porque asuman de nuevo un liderazgo en el control de las conciencias y la voluntad colectiva.

La educación religiosa, el control de medios de comunicación y lo mejor, la posibilidad de llegar a una especie de concordato que le permita obtener subsidios del erario público para su sostenimiento, configuran el verdadero trasfondo de la visita papal.

Pero la sociedad mexicana ya no es la misma y los factores religiosos no son determinantes ya para la definición de la vida democrática.

La secularización social y los elementos éticos de los derechos humanos han ido permeando de forma significativa una sociedad que exige ya un verdadero cambio de régimen.

 

  • gerardo

    a robar dinero a eso fue a lo único que vino

La Jornada