Ricardo Solís La poeta Laura Solórzano ha publicado su más reciente libro, el poemario Nervio náufrago (La Zonámbula, 2011), hace apenas unas semanas; en
Ricardo Solís
La poeta Laura Solórzano ha publicado su más reciente libro, el poemario Nervio náufrago (La Zonámbula, 2011), hace apenas unas semanas; en él, se hace eco de sus preocupaciones en torno a la escritura y es, asimismo, ejemplo de su forma de trabajar y acercarse a la escritura, desde una preocupación dominante por el ritmo y las posibilidades evocativas del lenguaje.
En palabras de la poeta, este poemario “viene de varios intentos de hacer un libro. La parte final –que tiene que ver con el arte abstracto– surgió primero; fue escrita hace años. Otra sección que trata sobre el país es también antigua, otro intento por hacer un conjunto. Hay otras partes que refieren a mi madre, al paisaje, en fin; al final reuní todas estos fragmentos porque sentí que podían, más que integrar una unidad, formar un libro. Me gusta eso, que se registren diferentes cosas, momentos en el volumen”.
Este sesgo unificador, aclara Solórzano, ha resultado “una sorpresa” para ella, aunque no evita admitir que “me costó trabajo. Cuando intenté agruparlos, representó un esfuerzo el intentar darles una estructura determinada (la última sección, por ejemplo, estaba acabada ya). No fue algo fácil”.
Entre las diversas lecturas que permite Nervio náufrago, se percibe al título surgir en un poema donde se instaura el segundo término como visual, al ser calificado por “la negrura” (en un verso del poema “Nunca”, en la página 20); pero la escritora detalla que “más que una forma de mirada, eso surge a partir de una forma de escribir; una que viene de otros libros. Es la conclusión de una propuesta estética que se relaciona con varios poemas. Pero un lector cualquiera podría tener razón, también, si descubre ahí una mirada crítica y eso ofrece unidad al conjunto. Yo lo que percibo es que hay una forma de escritura, quizá un poco ‘trastornada’ a partir de los sonidos; y tal vez no se presente en muchos textos, pero sí en algunos”.
De este modo, además de este “juego” se asociaciones que –en la lectura– entrelaza los significados, Solórzano describe su proceso de trabajo como escritora: “normalmente, le creo mucho al instante mismo, a que aquello que surge, si es auténtico y verídico, tiene un valor; y tiene que ‘jalarme’ a escribir más sobre eso. Si aquello que emerge no me da para seguir, lo abandono. Y puede tratarse de una frase o verso, algo que recuerde. Muchas veces me dejo llevar por el sonido, él me va dictando por donde ir; aunque hay poemas que tienen más que ver con el significado. Una vez que el texto está listo, reviso su sentido o le busco uno; si no lo tiene, lo juzgo como un ejercicio cuyo destino es la papelera”.
Por otra parte, en su labor como docente se dan dos vertientes, una de ellas refiere en específico a la escritura pues es maestra en la Sogem de Guadalajara, una experiencia “muy enriquecedora” porque le ha permitido “hablar mucho sobre el proceso creativo con mis alumnos; eso, en cierto sentido, ha estimulado mi propio proceso de creación. Esa dinámica ha hecho que esté muy atenta a qué sucede en mí cuando escribo, porque he ido disfrutando este proceso. Escribir un poema, en la juventud, es algo que puede producir tensión, pero si se ejercita y se juega un poco con las palabras puede ser más llevadero. Los ejercicios que recomiendo o practico con mis estudiantes –lúdicos o no– son los mismos que hago yo”.
Asimismo, establece como interesante el ser maestra de narrativa porque, en ese caso, “debo esforzarme por enseñar algo que no hago, o lo contrario de lo que hago. Si la poesía es la recreación de un sentimiento, la narrativa es la creación de un mundo paralelo. La narrativa resulta así algo muy diferente. Pero, después de todo, disfruto mucho ambas asignaturas”.
Para Solórzano, a esta concepción de proceso creativo en la que trasluce el sentido práctico, hay asimismo una experiencia de lectura en la que –desde muy joven– tanto la narrativa como la poesía han sido trascendentes, “quizá comencé leyendo más narrativa, novelas de misterio, terror o acertijos. Recuerdo haber leído una serie completa de tomos sobre aventuras de Tarzán, porque mi padre era muy afecto a ellas. Más adelante fue que leí poesía, en buena medida gracias a trabar amistad con Raúl Bañuelos; yo había publicado un libro muy joven –en 1976, gracias a la UdeG– y gracias a él entré en contacto con él y es una amistad muy significativa para mí”.
Hablando específicamente de la poesía, admite la autora que “he desarrollado un gusto un poco ‘raro’. No me gustan los poemas con métrica o rimada, me agrada mucho más la moderna, del siglo XX, digamos. Me atrae la poesía que experimenta, el lenguaje trastocado de lo experimental; también las traducciones, incluso las que no son muy buenas; porque suenen ‘peculiares’ o diferentes. No me gusta que suenen bonito; para acabar pronto, no me agrada lo bonito o lo muy adornado; me atrae más lo rudo, lo ríspido, lo denso o extraño. Pero deseo siempre que el poema tenga algún sentido, que me diga algo. Si no es así, me aburre; y tal vez me aburre más rápido que la narrativa, a la que brindo más oportunidad de que me convenza. Soy más desesperada para con la poesía”.
Nacida en Guadalajara, Solórzano estudió psicología en la UdeG y después artes visuales en la UNAM; ha publicado, entre otros, los poemarios Semilla de ficus (Ediciones Rimbaud, 1999), Lobo de labio (El Cálamo, 2003), Boca perdida (Bonobos, 2005) y Un rosal para el Sr. K (Universidad de Guanajuato, 2006), además de figurar en varias antologías en México y el extranjero. Se dedica en la actualidad a la docencia y la investigación.
De acuerdo con Solórzano, aunque no se ha determinado una fecha precisa para la presentación de Nervio náufrago, si se ha acordado que será en el Ex Convento del Carmen, a través de la Dirección de Literatura de la Secretaría de Cultura de Jalisco (SCJ), probablemente en un par de meses.
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