El pasado viernes la poeta presentó Viento versal, editado por Malasangre
Ideas espontáneas y pulidas confluyen en el poema, dice Angélica Maciel
Me da gusto ver cómo el lector encuentra conceptos que no concebí en mis escritos, expresa
Tras buscar algunos espacios –de los que no recibió respuesta– y, además, estar concluyendo estudios de maestría, hasta la pasada noche de viernes pudo realizarse la presentación de Viento versal (La Zonámbula, 2009), el más reciente poemario de Angélica Maciel, en el Centro Cultural Malasangre.
La poeta afirma no ser “fan” de las presentaciones, pero –en este caso– se hizo necesario, como un modo de retribuir todo el trabajo realizado en la edición del libro y reconocer la labor de los involucrados, aunque también, dice reconocerlo, porque al libro debía “moverlo un poco” para así acercarlo a los lectores, aunque no le agrade estar en el ojo del huracán. En entrevista para La Jornada Jalisco, Maciel recupera los orígenes de estos poemas y abunda en otros aspectos…
–¿De dónde proviene la idea que da como resultado un libro como Viento versal?
–Los primeros bosquejos surgieron hace ocho años. Empecé con la idea de hacer un libro de viajes y, entonces, me guié por algo que me fascina: las estrellas, la navegación a través de ellas, y me guié también por la rosa de los vientos. Esa era la idea central, pero después me pregunté qué tipo de viaje quería hacer o buscar. Y fue el viaje íntimo y personal que he llevado, la búsqueda de la palabra y el rompimiento de la palabra tradicional para encontrar la palabra propia; pasar de la palabra autoritaria a la propia, romper un poco con la tradición de cualquier influencia –casi imposible–. Además, se halla ahí la noción del Argonauta, que es el que viaja desde el caos, desde donde no existe la palabra, hasta encontrarla, atravesando por todos los escollos…
–Es una preocupación notable en el libro, el hecho de que se percibe una voz sostenida que de manera constante va preguntándose acerca de cómo nombrar o referir…
–La creación o surgimiento de la palabra misma para designar un objeto dado es parte fundamental del libro. Porque la idea es que, en un principio, no hay ni voz ni susurro y, poco a poco, a través del viaje se va adquiriendo la facultad de hablar y la primera con que topa es la palabra divina, para después ir rompiendo con esos elementos y encontrar al final la propia. En el libro, claro, no se encuentra, pero digamos que se trata de un viaje que, en la rosa de los vientos, comienza en un norte y, tras realizar el periplo, regresa a un mismo punto.
–De ahí que, en términos de cómo se “organiza” el libro, esté siempre la idea de la “orientación” ¿había usted pensado ya esto como un proceso?
–En efecto, un proceso, en el que hay más de un viaje, el de la liberación, el de la conciencia, el del encuentro del espíritu, el camino para encontrarse a uno mismo; todo ello forma parte del libro. Pero, más que nada, es la búsqueda de la palabra final, puntual.
–¿Qué hizo a este proceso que se prolongara por ocho años?
–Se trata de un libro complicado. Tras realizar los primeros bosquejos hubo un pequeño “olvido” del trabajo, después se trató de un trabajo de pulimento. El título, eso sí, siempre estuvo ahí. Después de los primeros escritos se fue transformando. Fue, digamos, un oficio que implicó trabajar cada día en la corrección de los poemas, pasaba de uno a otro, surgían ideas que nutrían el texto. Además, está también la labor de investigación…
–Hacia allá iba, precisamente, porque el cuadro referencial es amplio y complejo, lo mismo que algunos contenidos, debió ser –además de prolongado– difícil ¿lo considera usted así?
–No difícil, diría más bien que fue satisfactorio, en la medida de lo posible, porque fue un proceso de estar creando algo, como ir dando forma a una escultura, desde que es amorfa hasta que llega a su estructura y contenido final. Nada difícil, al contrario, fue como un gusto, un placer tener algo que hacer durante ocho años en cuestión de creación, es algo muy satisfactorio.
–Respecto de sus libros anteriores ¿marca éste diferencias o representa una etapa nueva para la producción de usted?
–Totalmente. El libro anterior fue una compilación de textos reunidos a lo largo de muchos años; tenían una unidad, pero eran textos sueltos, de algún modo. Ahora, meterme a trabajar con un texto de una unidad y temática muy específicas fue romper un poco con la dinámica anterior, significó investigar, seguir con los personajes, mantener la unidad, incluir temas nuevos o conocimientos que iba adquiriendo y que podían sumarse al libro. Ahora, otra diferencia es que considero a este trabajo un poco más maduro, en cuanto a mi poesía y la estilística que busco en ella. Este es un trabajo más íntimo, más personal, en el que se vierten situaciones que se fueron construyendo a lo largo de ocho años. Fue más demandante, en especial en lo que fue la investigación, en la que se descubrieron nuevas cosas y otras se borraron en el camino, para ir tejiendo lo que finalmente quería expresar.
–Su trabajo, que conjuga lo personal y el afán por el rigor constructivo ¿determina su noción de poesía?
–Sí y no. Sí porque, creo, la poesía implica y debe tener pulimento, un trabajo que (como en una novela) no tiene que ver con la inspiración. Y, como cualquier género literario, significa la construcción de una forma y, poco a poco, el contenido, adentrándose cada vez más en esa intimidad de lo poético que, tal vez, otro género no se permite…
–Pregunté porque parece que se trata de un proceso “muy consciente” ¿hasta qué grado lo es? Digo, en especial hablando de su libro…
–Creo que, si bien hay cuidado de la forma, en su contenido hay cuestiones empíricas, mucho de inspiración. Hay la conjugación de la idea espontánea y la pulida, claro. Algunas ideas se mantuvieron tal cual desde el inicio de su escritura porque fueron satisfactorias para mí durante el proceso creativo. Creo que se puede trabajar la poesía, pero no puede perder su espíritu, digamos, que no debe “pelear” con el razonamiento. Está –la poesía– mediada un poco por la manera personal del poeta como por la construcción de la forma en que se presentan los poemas.
–¿Siempre hay en ella esta forma de tensión?
–Sí, considero que sí. Más cuando la ves como un oficio; cuando es así, no puedes quedarte con lo meramente empírico, la sola idea. Hay que trabajar. Obvio, no buscar la metáfora forzada o empecinarse en utilizar determinada figura para un poema, eso, de hecho, va naciendo. Y en eso hay una búsqueda para poder un juego de tal o cual tipo, como el elegir la palabra adecuada, lo que puede ser la manera de concebir una “armadura” de las piezas del trabajo. En lo que escribo actualmente, sucede lo mismo. Y eso creo que es parte de mi labor personal, como Angélica Maciel. Ya hay una búsqueda y un trabajo para levantarme todos los días y revisar qué estoy creando. Y también está el lado espiritual de la poesía; sigo escribiendo y mi vocación está ahí, en cada anotación que hago, aunque mis ideas luego se trasladen a otra forma, se trabajen, que es cuando nace el poema que quiero expresar.
–Finalmente ¿qué relación ha habido entre su expectativa de recepción del texto y la experiencia de recepción en los lectores?
–Sinceramente, creo que Viento versal ha sido cuestionado de una manera que yo esperaba, es decir, han nacido muchas intuiciones de parte del lector, quienes buscan ver influencias en los textos (hay quienes han “visto” en ellos algo de Melville, Stevenson, incluso Nietzsche). Me da gusto ver cómo un lector encuentra ideas en el poema que yo nunca había percibido; eso es lo interesante cuando se lanza el libro hacia los lectores, de la mediación de la literatura en sí. Creo que ha tenido buena aceptación, de parte de los lectores que he conocido, aunque quisiera recibir una crítica un poco más formal.