Abstenerse o votar - La Jornada Jalisco
Usted está aquí: lunes 27 de abril de 2009 Opinión Abstenerse o votar

FELIPE VICENCIO ALVAREZ

Abstenerse o votar

Jornada de elecciones extraordinarias en el municipio de Tuxcueca. Imagen de archivo
Jornada de elecciones extraordinarias en el municipio de Tuxcueca. Imagen de archivo Foto: HECTOR JESUS HERNANDEZ

“Mal tiempo para votar…”. El personaje de Saramago se queja del clima lluvioso que prevalece el día de unas elecciones municipales en que 70 por ciento de los electores decide ejercer su derecho dejando la boleta en blanco. Este inesperado resultado inquieta a los políticos, que intuyen en él una conspiración de extremistas. El proceso se repone y el voto en blanco llega entonces al 83 por ciento. Hay que encontrar a los responsables para eliminarlos. Así se teje la historia del Ensayo sobre la lucidez, la sugerente novela del Nobel lusitano que la memoria evoca en este preludio de campañas políticas.

Como si fuera una dramática sorpresa, distintos oráculos anuncian más de 60 por ciento de abstención en las próximas elecciones. Pero no se requieren dotes adivinatorias para inferir la cifra de una tendencia que se observa desde los 90 y que marca un consistente descenso en la participación electoral, señaladamente en procesos intermedios como el que vivimos ahora: en 91 el abstencionismo fue de 34 por ciento; en 97, de 42 por ciento, y en el 2003 llegó al 58 por ciento. De seguir esa tendencia, la jornada del 5 de julio confirmará la cifra anunciada.

Las condiciones políticas actuales no son ciertamente las más propicias para incentivar la participación electoral. El desgaste del PAN en el ejercicio del poder repercute naturalmente en la aceptación de los ciudadanos, que le atribuyen –como a cualquier autoridad– la principal responsabilidad de la situación económica y sus consecuencias, lo mismo que la zozobra provocada por la lucha en contra del crimen organizado. Por su parte, el PRD no ha podido definir el estatus de su vinculación con el lopezobradorismo y muestra en su proceso de selección de candidatos su rostro más antidemocrático y desaseado. Algunos suponen que el PRI está a salvo de este desgaste, pero –como atinadamente ha señalado Octavio Rodríguez Araujo– lo que este partido ha recuperado lo ha hecho “por default”, es decir, no por haber hecho algo bien, sino por las omisiones y errores de los demás. Su descrédito no ha menguado ni ha cambiado su forma de actuar, como lo exhibe su proceso interno en Jalisco.

Considerando el déficit democrático que implica el alejamiento de los partidos de las aspiraciones de la sociedad, una corriente significativa propone la abstención electoral como forma de manifestar la no preferencia por ninguno. Se planean dos estrategias de expresión ciudadana que es necesario distinguir: una abstención pasiva –no participar– y otra activa, que implica hacer explícito acto de rechazo con el referido voto en blanco. Quienes proponen no acudir a las urnas asumen un rechazo a todo el sistema político y consideran que el sólo hecho de acudir, así sea para “votar blanco”, sería validarlo. Quienes promueven anular el voto sostienen que el sistema democrático no puede prescindir del sufragio, y que el rechazo debe enfocarse a los actuales partidos y sus candidatos, pero que no se puede golpear el sistema que eventualmente requeriremos para los cambios pendientes.

La postura abstencionista tiene sus complicaciones, pues obedece a muy diversas motivaciones que van desde la pereza y el desinterés por lo público, hasta la hiperpolitización de quien no está satisfecho con ninguna de las opciones que se presentan. Indebidamente alguien podría después de la elección hacer de ella una sola lectura. Tendrá muchas, tantas como motivos y significados. Por otro lado, conforme en México se ha dado la apertura democrática, el voto se ha constituido en instrumento del poder de la sociedad. El voto que cuenta y se cuenta ha sido la piedra de toque de nuestra democracia. Demeritarlo con este gesto golpea en la línea de flotación la nave que hemos construido con el sacrificio y el compromiso de muchos luchadores sociales que al paso de los años contribuyeron a orientarla rumbo al fortalecimiento de nuestra democracia. José Woldemberg nos recuerda que hace menos de 15 años comenzamos a vivir un sistema pluripartidista que nos ha dado nuevas relaciones entre poderes, mayores márgenes de libertad, un mundo político plagado de pesos y contrapesos, en claro contraste con el verticalismo autoritario de hace apenas unos años. Todo posible por el voto. En consecuencia, es suicida repudiar ese instrumento de cambio.

Los promotores de la anulación del voto, por su parte, enfrentan la dificultad de que el propio sistema electoral empaña la visibilidad de aquellas cifras que no sean las de los votos obtenidos por cada partido. Considerando que es inviable la propuesta que hace algunos años se hizo en una municipalidad española, para que la proporción de votos en blanco se contabilizara para determinar cierto número de asientos vacíos en la asamblea de representantes del lugar, el voto en blanco sólo tendría el peso político de expresar, de parte de una cantidad más o menos considerable de ciudadanos, el repudio a la clase política actual y su proceder. Pero quizás el más serio límite de la postura de anulación es que parte de una presunta superioridad moral de la “sociedad civil” sobre la “política”. Se aspira a articular un clamor como el escuchado hace tiempo en Argentina: “que se vayan todos”. Sí, pero ¿quiénes vendrán entonces? Ahora lo sabemos. Los mismos, pues la sociedad es la que ofrece la materia prima. Con todos sus límites, el voto ejercido con responsabilidad es una de las herramientas más eficaces de transformación social. Hay que aprovecharla.

 
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