Los autores jóvenes deben interesarse en escribir más que en publicar - La Jornada Jalisco
Usted está aquí: miércoles 23 de julio de 2008 Cultura Los autores jóvenes deben interesarse en escribir más que en publicar

Los autores jóvenes deben interesarse en escribir más que en publicar

RICARDO SOLIS

• E n t r e v i s t a : Efraín Bartolomé

Foto: Efrain Bartolomé, escritor
Efrain Bartolomé, escritor Foto: HECTOR JESUS HERNANDEZ

Descubrí la biblioteca más o menos pronto, y la apuesta me paracía heróica; tenía sentido ofrendar la vida a una cosa que te otorgaba el alto título de poeta. Sigo creyendo que ese título sólo 
se alcanza por la aclamación.

El poeta Efraín Bartolomé, cuya presencia en la ciudad obedece a su participación dentro de la Cátedra Agustín Yáñez, para ofrecer una lectura poética como presentación de una nueva edición de su emblemático libro Ojo de jaguar, nos habla en entrevista sobre los 25 años (cumplidos en agosto pasado) de este poemario que, este pasado diciembre, vio impresas tres nuevas ediciones conmemorativas (la que se presenta es la de Universidad de Colima y Monte de Venus, pero también lo editó Monte Carmelo y, además, la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas con Casa Juan Pablos), entre otras cosas referentes al oficio poético y su formación…

-Ojo de jaguar cumplió ya 25 años, y sigue… ¿Cuál es su historia?

–Lo primero que me maravilla de Ojo de jaguar es que esté vivo, como libro. Que haya crecido como criatura viva. Nació, su primera edición, en los talleres estudiantiles de Punto de partida, en la UNAM, como libro compartido. El objetivo era ‘dar salida a las inquietudes literarias de los estudiantes’ a través de la Dirección de Literatura de la UNAM, pero Punto de partida era específicamente para quienes empezábamos a ‘hacer cosas’. Estaba la revista, donde todos podían publicar, una publicación intermedia, los Cuadernillos de Taller y Seminario, bellamente editados, y estaban los libros, pero eran colectivos. Cuando Ojo de jaguar estuvo listo, y yo se lo propuse a Marco Antonio Campos, la primer sorpresa es que aparecería en un volumen doble, con otro paisano mío, José Falcón. Así hizo su primera aparición, y fue muy hermosa la respuesta.

“Efectivamente, esa primera edición reunía siete años de escritura y bastantes más de estar intentando el oficio. Siete años en que fueron surgiendo ya los poemas ‘poemas’ y muchos otros ejercicios previos. La primera reseña –elogiosa- que apareció para aquella edición estudiantil fue en Proceso, firmada por un crítico al que entonces todos teníamos miedo, Evodio Escalante. El libro acumuló algunos buenos comentarios, desapareció, y ocho años después vino la segunda edición. En 1999 teníamos ya seis o siete ediciones, con la que se presenta hoy llegamos a la décima. Es, en efecto, un libro inaugural, en un país en el que se dice que no se lee poesía, pero donde es posible que pasen milagros como éste. El libro esta vivo y, justamente por esa condición, ha ido creciendo; y, en mi diálogo con el entorno, han ido apareciendo emociones nuevas que ameritan terminar en un producto artístico hecho con palabras y que, en cierto momento, exigen ser incluidas en el corpus de la misma familia espiritual de los poemas que integraron Ojo de jaguar. Yo escribo mucho sobre la tierra, ciertamente, pero no todas caben en la misma dimensión del libro, algunos sí y otros no, y ha sido muy necesario agudizar la intuición poética para saber cuando, determinados textos de origen telúrico, merecen estar allá”.

–En todo este tiempo dedicado al oficio de la poesía, en términos generales, qué se conserva y qué ha variado, qué se mantiene y qué se ha transformado…

–Tal vez mi apuesta inicial. Crecí con una idea inocente pero que me sigue pareciendo heroica: creer que los libros de poesía se publicaban póstumos…

–¿Leías a puros muertos?

–Para empezar. Creía que había una especie de ‘filtro temporal’ que determinaba que algunos materiales merecieran la letra de imprenta. Efectivamente, leía puro ‘peso pesado’ para entonces; de Rubén Darío para arriba, si es eso posible, en la biblioteca que era la que mi abuelo había dejado en la casa paterna. Él, José Emigdio Rodríguez, es un poeta de una generación importante en Chiapas, la llamada ‘Fiesta de pájaros’. La primera antología, en general, de Chiapas en el siglo XX está ahí, y él era uno de los personajes destacados. En ese tiempo era más difícil publicar en México que tener contacto con los centroamericanos, por ejemplo, y publicó mucho de ‘aquel lado’.

Descubrí esa biblioteca más o menos pronto, y la apuesta me parecía heroica; tenía sentido ofrendar la vida a una cosa que te otorgaba el alto título de poeta. Si es que se alcanzaba. Sigo creyendo que ese título sólo se alcanza por aclamación; uno se lo puede poner, pero lo que va a determinar si es cierto o no es qué le pasa a tu lector cuando entra en contacto con tus poemas. Eso puede explicar que haya publicado tarde en relación a mi generación. Ojo de jaguar lo publiqué a los 31 años, y una buena parte de mis compañeros de generación, para entonces, ya tenían tres, cuatro, incluso cinco libros algunos. Así, el primer asombrado con el recibimiento del libro era yo. Todo lo que era intuición en esos momentos se volvió confirmación racional, digamos. Tuvo sentido la apuesta hecha en aquellos días, se han afirmado certidumbres y mi creencia de que había que esperar, no tener prisa. Esperar a que el libro estuviera maduro y bien cocido en el horno espiritual, para que no saliera un producto ‘denigrado’, como se decía en la alquimia…

–Hablar de ‘horno espiritual’ implica referir que se habla de algo que tiene tanto de intuición como medida ¿es así para ti?

–Por supuesto. En esas aventuras iniciales, en las que uno descubría el fenómeno poético, aprendí, probablemente a los nueve años, “Lo fatal” de Rubén Darío, sin exagerar me faltaban 25 años más de vida para poder entender de qué hablaba ese poema, pero me seducía absolutamente la música del mismo. Un poco cabalgando en la música es donde se dio el aprendizaje inicial. Sí, leía puros muertos, pero que estaban más vivos que muchos vivos. “Entro en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos” dice Quevedo; con ellos era el diálogo. De este modo, la primera vez que leí un libro de poemas malo, me asombró. Y me sentí como timado. Había sacado dinero de mi bolsa de estudiante pobre, chiapaneco viviendo en la Ciudad de México, para comprar un pan, por así decirlo, porque para mí eso era entonces la poesía. Una vez leído el libro, no me decía nada, era material depauperado. Pensé ¿también es posible publicar cosas como estas?

Tuve que dejar mi casa de niño a los 11 años para irme a continuar mis estudios a San Cristóbal de las Casas (no había secundaria en el pueblo) y, al terminar, hubo que ir a la Ciudad de México porque no teníamos universidad en Chiapas. Eso acentuó lectura, vocación y afinamiento de las cosas. Y, por el tipo de ‘vacuna’ que había recibido leyendo a los grandes poetas, me daba cuenta que todo lo que intentaba poner no salía; mis herramientas no alcanzaban para nombrar lo que me estaba pasando. Pero tenía autocrítica suficiente para saberlo. Y volvía a leer a mis maestros mayores, veía la maravilla de que dijeran más de mí mismo de lo que yo alcanzaba a nombrar. Ese proceso siguió así hasta los 23 años. Formamos un taller literario los chiapanecos (que en ese momento vivíamos juntos), que se llamó ‘Los Monopantos’, en honor de Quevedo. Trabajábamos y leíamos muchísimo, nos criticábamos con furia y violencia, tratando de ser cada vez más informados. A los 23, de pronto, escribí un texto que me pareció que merecía el título de poema. Guardé nueve años ese poema (en primero de un libro que se llama Música solar, que recibió el Premio Aguascalientes, valió la pena). En esos tiempos, a partir de entonces, comenzaron a aparecer los primeros poemas de Ojo de jaguar. Fueron seis o siete años de escritura…

–Has hablado de paciencia, trabajo, reconocimiento de la tradición, crítica y autocrítica ¿forma todo esto un conjunto necesario para quien quiera escribir? ¿es una forma de consejo?

–Uno de los consejos que me veo obligado a dar, a veces, es que el joven autor esté más interesado en hacer ‘obra’ que ‘biografía’, más interesado en escribir que en publicar. Un tercero sería que no me hagan caso y sigan su propio camino, porque cada uno es singular e individual en eso. A veces se nos pide consejo, pero uno sólo puede ejemplificar con su propia vida.

–Tras de este reconocimiento ¿qué hay hacia delante?

–No he perdido mi ritmo de escritura, aunque sí de publicación. Después de unos años de publicaciones consecutivas, hay un periodo sin hacerlo, ha habido de pronto años de tres libros. Tengo algunos libros sin publicar, también. Pero, contra lo que pareciera, no estoy mayormente metido en el ámbito literario nacional. Acepto invitaciones pero no tengo trato directo con escritores o editores, conozco muy pocos de carne y hueso. Mi labor profesional es la psicoterapia y no tengo mucho tiempo de ir a presentaciones y cosas como esas. Recibo invitaciones –como ésta- como una forma de darme vacaciones. Aunque, da gusto que el material editado se lea, llegue a su destino. Me da gusto que no se encuentren -mucho tiempo- materiales míos en las librerías. Se mueven, pues…

–Dijiste al principio que en este país “se cree que no se lee” ¿crees que sí se lee?

–Claro…

–¿Qué te ha convencido de eso?

–Por lo pronto, mi experiencia personal. El asunto es que se publica demasiado, eso sí. Bajo el abusivo rubro de poesía caben muchas cosas. Llegar de pronto a algún lugar del país y encontrar un lector que cite algún verso de tu obra y diga lo que significa para él es, francamente, fascinante. La primera tesis sobre Ojo de jaguar la hizo una muchacha de Baja California, y decía que era uno de sus libros ‘de alma’…

–Hermoso calificativo para un libro ¿no?

–Se siente bien saber que alcanzaste a decirle algo a un ser humano. Soy japonés cuando leo a Basho, o francés cuando leo a Baudelaire, o romano cuando leo a Virgilio, o griego cuando leo a Homero; de verdad estoy ahí, se vuelven parte de mi alma. Hay sensibilidades entrenadas para eso que, más allá del maremagnum de publicaciones, existe la posibilidad de ‘filtrar’ entre todo eso…

• garciapartida@yahoo.com.mx

 
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