Hacer, escribir y contar las cosas de la vida sin imposiciones, un privilegio
• E n t r e v i s t a : Antonio Ramírez
Soy conocido por ser alguien que hace crítica social, pero tengo cuidado de no caer en el panfleto. Sería como tomar el camino Fácil, pero el camino más fácil es el que lleva al infierno.
Antonio Ramírez ha invertido los últimos 15 años (además de su actividad como artista plástico) en la escritura de una novela, Joachim (Colectivo Callejeros / Itaca, 2008), que por fin ha visto la luz en forma de libro y se presentará este próximo martes en la Capilla Elías Nandino del Ex Convento del Carmen, a las 20:30 horas, comentada por Efraín Franco y María Cervantes.
Aunque no edita novelas, por regla general, la Editorial Itaca se involucró en el proyecto junto con Colectivo Callejero no sólo por razones de amistad, sino para favorecer la distribución del libro, cuya edición es notable en sencillez y colorido, además, una serie de viñetas del autor acompañan los interiores.
–En tu caso ¿cómo surge la idea de escribir una novela?
–La verdad, siempre he sido aficionado a escribir. Cuando me decidí a hacer esto fue porque, de repente, pensando en las distintas etapas que he vivido, recordé cuando viví en Joachín (nombre verdadero del lugar, en Veracruz), y recordé algunas escenas que fueron muy determinantes para mí. Así fue como empecé a sacar notas sueltas. Después me di cuenta que esto daba para más, aunque los recuerdos eran muy difusos, y decidí que no tenía por qué escribir de manera exacta estos recuerdos, sino alterándolos. La cosa es que, cuando llevaba ya un par de años escribiendo esto, conocí a Rafael Torres Sánchez (un poeta sinaloense que vivió en Guadalajara) y nos hicimos amigos. Un día decidí mostrarle el trabajo y me dijo que “daba para una novela”. Total que comenzamos a tallerear, con ayuda de otro amigo común. Y de ahí se fue armando. Después de veinte mil pasadas, finalmente salió publicada…
–Pensando que te dedicas a la plástica como actividad central ¿cómo llama la escritura?
–El hecho es que, desde los setenta, he estado haciendo intentos de escribir. Incluso, me di cuenta que me gustaba mucho hacerlo desde que vivía en el Sureste, porque me carteaba con mi hermano y noté que me resultaba muy placentero. Después hice algunos relatos, inventados, casi siempre partiendo de lo real, de lo vivido y observado, trastocándolo al grado de que resultara irreconocible…
–Pero aunque se trate de experiencias personales, igual se cuenta la historia de lo que sucede en el lugar, como si fuera una suerte de personaje colectivo…
–Claro. El lugar que refiero es un sitio de confluencia de soledades, donde asisten trabajadores que andan de un lugar a otro, buscando en qué emplearse. Entonces ahí, en Joachín, en cierto momento, yo fui uno de estos personajes, aunque por corto tiempo (pues hay gente que pasa la vida así). Lo que sucede en la novela es que se reúnen tres personajes (que representan a muchos de quienes llegan a este tipo de lugares), trabajan para la construcción de unos canales de riego, y a partir de eso se desata todo. En realidad, no sucede gran cosa. Nada de “gran sonido”, todo es parte de la vida cotidiana de ese sitio. Se trata un poco del relato de gente que se mueve en un ambiente rural pero ya urbanizados, de algún modo, con sus problemáticas individuales que llegan a dar una idea de época, que puede ser la actual, y de lo que llega a ser la vida dentro de un sistema que no respeta los derechos humanos. Claro que la novela no trata de “echar rollo” ni mucho menos, pero, a la larga, eso se trasluce, las condiciones de vida difíciles, inhumanas, en que los personajes se mueven…
–Era tu intención que se mantuviera así…
–Lo que me interesaba, más que nada, era exponer las vivencias que tienen los personajes y no precisamente las relaciones humanas. La novela tiene, por ejemplo, mucho diálogo interior. Es del registro de los personajes que se deriva la circunstancia en que se desenvuelven…
–Hay escritores que comenzaron como artistas plásticos (como Günter Grass), ¿crees que la disciplina para escribir puede ser heredada del trabajo plástico?
–Creo que sí. Porque uno va aprendiendo, gracias a la experiencia, que si no se trabaja no surge nada. La inspiración no sirve si no hay trabajo, como diría Picasso. De algún modo uno se acostumbra a ciertas formas de hacer las cosas. Aparte, hay cosas que, si bien están plasmadas plásticamente, no es que sea algo incompleto como medio para expresarse, sino que se da cuenta uno que hay otros medios para ello. Y, cuando a uno le gusta leer, se antoja no ser sólo consumidor sino productor también, y participar un poco en esto…
–La clave, como dijiste en el inicio, es descubrir el placer en lo que se hace…
–Si uno no se encuentra en el terreno de lo placentero, pues estamos fritos, sobre todo si tenemos la posibilidad porque hay quienes no la tienen en su trabajo. Así, resulta forzado, impuesto por la necesidad. Si uno tiene esa posibilidad de trabajar en lo que uno decide y con el placer por delante, pues hay que aprovecharlo. En ese sentido, me considero una persona privilegiada, porque me gusta mucho lo que hago…
–Como lector ¿hay autores que te agraden especialmente?
–William Faulkner, lo mismo Italo Calvino, son autores que me han impactado mucho. También Onetti, un tanto. Pero sobre todo los dos primeros me atraen de manera muy especial. En general me gusta la literatura, el relato, la poesía también, aunque se trata de un terreno en el que casi no he incursionado, porque me siento más inseguro que en la narrativa…
–Bueno, aunque sea algo placentero se generan responsabilidades ¿te sucedió así en el proceso de escritura de la novela?
–Estuve muy inseguro, indeciso en muchas cosas. Me pasó un poco como con mis cuadros, pues atrás de cada uno hay otros cinco o seis. Estuve moviendo muchas cosas. Luego hay en la novela un efecto como de matrushka, un relato dentro de otro, y otro más. Pero, más que nada, a través de sueños y recuerdos. Traté, sin embargo, de hacerlo sin abusar de esos recursos. De por sí algunos amigos –cuando lo han leído– me dicen que al principio no le agarraban mucho la onda y después fueron entendiendo de qué se trataba. Bueno, yo lo veo muy sencillo y algunos otros también…
–En cuanto a las viñetas, ¿fue proyecto que acompañó al libro desde el inicio?
–Fue posterior. Yo no pensaba incluir ninguna viñeta, pero mi amigo Efraín Herrera (que diseñó el libro) insistió en que yo era artista plástico y debería haber en el libro esa referencia y me convenció. Acepté que no estuviera muy cargado de ilustraciones, porque lo que quiero es que las imágenes provengan del texto. Metió entonces unos dibujos sueltos en el relato, y no me gustó. Entonces, la mayoría los hice ex profeso…
–¿Por qué razón te disgustaron?
–Los otros eran demasiado directos o de plano no tenían nada qué ver. Entonces hice algo que tuviera referencia, pero muy sutil, con lo que se lee…
–Sutileza que significa referir sin decir directamente ¿es esa la aspiración de todo tu trabajo?
–Creo que sí. Soy conocido por ser alguien que hace crítica social, pero tengo cuidado de no caer en el panfleto. Sería como tomar el camino fácil, pero el camino más fácil es el que lleva al infierno, dicen. Lo que trato también en el libro es que se vayan infiriendo cosas. Me gusta que lo que sucede sea más que nada ‘de rebote’, como de reflejo, en una especie de juego de espejos…
–Por ello insistir en el monólogo interior…
–Casi toda la novela está trabajada, además, en tiempo presente. Por cierto, otro de los autores que me fascina es James Joyce, creo que en ese sentido sí hay influencia clara. Y bueno, es difícil encontrar algún autor que no tenga influencia de alguien como Joyce, sobre todo en lo que se ha llamado “fluir de la conciencia”, que se da mucho en uno de los personajes de la novela…
–¿Qué esperas de quienes lean la novela?
–No tengo idea. Vamos a ver si despierta alguna intención de leerlo. Con que lo lean (aunque no les guste), tal vez por curiosidad. Yo, por mi parte, lo considero algo muy serio, le eché los kilos y ojalá lo lean por algo más que simple curiosidad, que me den la oportunidad, del mismo modo como se pide una oportunidad para ver un cuadro. Finalmente, yo no me considero un escritor. Escribo, eso sí. Es algo diferente…