Laura Campos Jiménez lamenta que se les pretenda mitificar como caudillos de la patria
Con el santuario, la Iglesia apuesta al olvido de los actos de barbarie cometidos por los cristeros
La historiadora agregó el libro Los nuevos beatos cristeros... a su queja contra el donativo en la CEDHJ
La historiadora Laura Campos Jiménez, egresada de la Universidad de Guadalajara y autora de Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa en México, es una de las 5 mil 500 personas que han interpuesto quejas en la Comisión Estatal de Derechos Humanos por la macrolimosna de 90 millones de pesos que comprometió el gobernador Emilio González Márquez para apoyar la construcción del santuario cristero en el cerro del Tesoro.
Su queja, integrada al expediente 804/2008, es una de las más completas, porque además de apelar a lo que considera ha sido una ilegalidad, integra un poco el papel histórico que jugaron los “beatos cristeros” a quienes se dedica el santuario en proyecto, los cuales “serán mitificados como caudillos de la patria en grado heroico”.
“Claro está que en este proceso de mitificación de estos personajes y la soterrada pretensión de cambiar las fechas cívicas (seculares) para interpolar las festividades litúrgicas, la jerarquía católica apuesta al olvido de los actos de terrorismo y barbarie cometidos por estos nada piadosos cristeros, aspecto que está plenamente documentado”, dice la historiadora.
Precisamente el libro fue integrado en su queja como elemento probatorio, “una prueba histórica en la que se presenta a los beatos cristeros como individuos que combatieron al Estado laico y a las instituciones del país, azuzando a hordas enteras de campesinos ignorantes que no dudaron en utilizar tácticas terroristas (en nombre de Cristo Rey) para conseguir las metas propuestas por la jerarquía eclesiástica. Esa es la realidad histórica, espinosa y supurante. El Episcopado Mexicano pretende con estas acciones (y las iniciativas constitucionales pendientes) una regresión al modelo confesional de principios del siglo XIX y embate, con falacias y engaños, al Estado laico mexicano”.
Campos Jiménez divide su trabajo en tres capítulos. En el primero habla de los antecedentes, luego de las acciones cristeras y termina con la beatificación de Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza.
El libro describe la guía militar de los jefes civiles Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza; el primero apenas duró unos meses antes de ser aprehendido y fusilado en el cuartel colorado de Guadalajara.
“Uno de los actos criminales más atroces perpetrados por las gavillas cristeras fueron los asesinatos de maestros rurales, los cuales eran perseguidos, torturados y sacrificados junto con sus familias”, dice el libro, que describe cómo las escuelas eran quemadas, los maestros mutilados (orejas y lengua por lo común), todo lo cual era “informado” con “singular regocijo por las publicaciones religiosas cristeras”.
En el libro, la autora también recuerda el asesinato del presidente electo Alvaro Obregón, en julio de 1928, por el fanático cristero José de León Toral, quien nació en Lagos de Moreno.
“Días antes del referido magnicidio, el sacerdote Aurelio Jiménez celebraba misa en el convento en el que vivía la madre Conchita y fue el citado religioso quien bendijo la pistola asesina (…) Al comulgar José de León Toral, pidió a Dios que la bala fuera al corazón como señal de que lo había tocado”.
También plasma que la rebelión cristera utilizó la táctica de guerra de guerrillas como ataques a estaciones y vías ferroviarias, una de las más importantes el 19 de abril de 1927, cuando las “fuerzas rebeldes” comandadas por los sacerdotes José Reyes Vega, Jesús Angulo, Aristeo Pedroza y secundados por Miguel Gómez Loza, descarrilaron el convoy que iba a México. No sólo la escolta militar del tren fue acribillada, sino buena parte del pasaje, un suceso ocurrido a 7 kilómetros de La Barca.
“En el asalto perecieron todos los miembros de la escolta y varios pasajeros fueron acuchillados por los asaltantes, mismos que luego incendiaron el tren causando otras muertes. Los carros fueron incendiados con los heridos todavía a bordo. Este brutal acto fue, en palabras del historiador Francis Patrick Doole: una horrible carnicería, pues cundió el pánico entre los pasajeros que, gritando, trataron de escapar sólo para morir en medio de las balas”, refiere el libro.
La historiadora también señala que está probada histórica y documentalmente la participación activa (moral y militar) durante la revuelta de los ahora beatos Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza. González Flores llegó a ser el líder intelectual del movimiento cristero en todo el país, pero también participante en la lucha armada.
Como prueba, cita el discurso de los últimos días de diciembre de 1926, donde González Flores señaló: “Estaré con la Liga y echaré en la balanza todo lo que soy y lo que tengo. Mezclados como van a quedar, demasiado no lo sé, en el torbellino de una lucha que recomendamos hoy, acudiendo a la razón de la fuerza (…) Dios haga fructificar este sacrificio colectivo. No quisiera que alguno estuviera engañado acerca del alcance que tiene esta invitación: los convido a sacrificar su vida para salvar a México”.