“Gente, aquí nos quedamos... a las buenas o a las malas”, la célebre frase de su fundadora
Refrenda Guadalajara los mitos que se han creado a lo largo de 465 años
Sin olvidar sus pretensiones cosmopolitas, sigue siendo la gran proveedora del folclor mexicano
A Guadalajara, su cumpleaños 465 le llega cuando la ciudad, como nunca, refrenda los mitos que han ido creándose a lo largo de su historia. Fundada en definitiva por una mujer, la Guadalajara en que hoy viven millones de personas es femenina desde su creación. Criolla, dividida en castas, con pretensiones cosmopolitas, conservadora, con vocación comercial y arquitectónica, futbolera, la ciudad ha marcado la identidad de quien nació o se crió en ella, un muy particular estilo de ser tapatío que, a pesar de su crecimiento poblacional, se mantiene.
Después de que la señora Beatriz Hernández dijo su célebre frase: “gente, aquí nos quedamos; el rey es mi gallo y aquí nos quedamos a las buenas o a las malas”, un martes 14 de febrero de 1542, se empadronaron 62 vecinos que recibieron sus solares y el rey de España, Carlos I, otorgó a Guadalajara título de ciudad y Escudo de Armas.
Guadalajara, a diferencia de otras ciudades de México, fue fundada por españoles. Nació como ciudad comercial, a donde llegaban negociantes, quienes cuando llegaban se alojaban en los antiguos mesones que, como bien los describe el historiador Ramón Mata en su libro Garitas y Mesones de Guadalajara, “eran caserones enormes con patio y piezas a los lados, y atrás un gran corral con muchas caballerizas”. A estos mesones llegaban las personas que hacían largos viajes para negociar con los arrieros y una vez que el trato estaba hecho, se llevaban la mercancía.
Los mesones estaban cercanos a los mercados, como el de San Juan de Dios, que con el tiempo se convirtieron en bodegas o almacenes.
En materia mercantil, Guadalajara fue pionera, como es evidente el hecho de que en la época de la Conquista, en esta región se intentó crear el camino al Oriente, es decir, a China.
“Ese camino inició en lo que hoy es López Mateos. Acababa de ser fundada cuando se tuvo el arrojo de creer en dos cosas fundamentales: en la utopía de Moro y el sistema Copernicano. Eso fue lo que dio la posibilidad para crear todos los elementos de carácter científico que pudieran determinar el éxito de una travesía interoceánica. Los promotores fueron fray Andrés de Urdaneta y López de Legaspi. Si la presencia de China en América es importante, es mucho más importante la dimensión histórica de esa presencia, porque nosotros le dijimos a los chinos por dónde hacerlo”, sostiene Jaime Luvín, diseñador y estudioso de la historia de Guadalajara.
Aún hoy, esta característica de ser una ciudad comercial, se mantiene, basta con observar la cantidad de centros comerciales, almacenes, mercados y tianguis, para comprobar que no es una ciudad caracterizada por industria, sino más bien entregada al comercio.
En gastronomía forman parte de la identidad tapatía el birote, catalogado como el pan más sublime y único en el mundo, al que sólo le hace falta un templo; el pozole, la torta ahogada, integran la gastronomía tapatía y de sólo escucharlos nombrar se le hace agua la boca a cualquier tapatío. No hay horas para comerlos, tampoco hay una receta única.
El birote se come con frijoles, con carnitas, huevo, jamón; el pozole es de carne de puerco o de res, y la torta ahogada es de buche, carne de puerco y hasta de camarón, puede estar bien ahogada en salsa de chile o media ahogada, cuando no es tan picosa.
La arquitectura de Guadalajara sólo se entiende en función de sus orígenes étnicos. Barrios elegantes o populares. Barrios más europeizados o más coloridamente mexicanos. Hay dos Guadalajaras, la oriente y la poniente, con dos arquitecturas.
En el centro, la herencia colonial, que nunca fue rica, puede apreciarse en el Palacio de Gobierno y en la Catedral. Los templos son, en su mayoría, del buen barroco tapatío, que se distingue por ser sólido, estático, austero, de muros rectos y cúpulas de media naranja, concentrando sus únicos lujos en los dos retablos: el de la fachada y el del altar mayor.
El Hospicio Cabañas, de estilo neoclásico, y el Teatro Degollado, gran exponente del romanticismo, también forman parte de la riqueza arquitectónica tapatía, y además se constituyen como elementos de identidad de la ciudad.
Los cambios de la ciudad
Si bien los edificios anteriormente mencionados siguen siendo parte de la identificación, en la actualidad también hay otros símbolos, que quizás no tienen el capital arquitectónico del Cabañas o del Degollado, pero que se han integrado a la imagen de la ciudad. Por ejemplo, Plaza del Sol y los Arcos del Milenio.
Otro de los cambios que se han producido es en cuanto a los lugares de reuniones. Antes eran los parques de cada colonia y ahora son las plazas comerciales, como el Centro Magno. Esto ha reducido la posibilidad de disfrutar de las cosas que en algún momento fueron significativas de Guadalajara, como las zonas muy bien arboladas, temperaturas controladas por los árboles y el agua abundante.
“En Guadalajara comer tacos e ir al cine son las únicas posibilidades de vida, aunque hay intentos de hacer cosas diferentes por parte de los jóvenes, pero muchas veces son coartados”, aseguró Luvín.
La iglesia, la tienda, la escuela, el mercado que antes estaba cerca de cada hogar y por ello había cierta facilidad de acceder a los bienes y servicios, ahora están alejados y para llegar se necesita hacer una expedición y soportar el caos del tráfico.
Entre el ya merito y ya ni modo
Así como hay elementos de identidad tapatía, también existe una forma de ser arraigada en las personas que nacieron en Guadalajara. De acuerdo con Luvín, que se define como un tapatío de más de 50 años, el tapatío es “mocho” y hace más caso a lo que dice el cardenal, a lo que considera literalmente es palabra santa, que a lo que dice el presidente municipal.
También afirma que entre la clase alta siempre fueron característicos los apellidos dobles, no hay Pérez comunes y corrientes, y en la actualidad es de buen tono que los tapatíos de prosapia lleguen a ser burócratas, porque está de moda serlo. “En algún momento los burócratas fueron muy mal vistos por los tapatíos, pero ahora el poder ya volvió a quedar en manos de las familias de siempre”.
Otra distinción es que ha sido y es una ciudad que está en continua reconstrucción. Siempre se está remendando lo que se construye y en algún punto de la ciudad siempre hay algo que se está restaurando o tapando algún bache. Además hay obras que han durado muchos años.
“Es una ciudad de operetas que no acaba de terminar lo que comienza, como los Arcos del Milenio. Son proyectos que se dejan a las administraciones que siguen, porque es un paraíso de la antesala. Guadalajara es la ciudad que gravita entre el ya merito y el ya ni modo. Nosotros siempre estamos comenzando, siempre hay algo nuevo para hacer”, dijo Luvín.
“Los políticos de Guadalajara viajan a todas partes del mundo, llegan y entran en una especie de miasmas políticos y económicos en donde simplemente no se puede y no se hace. Aquí la máxima aspiración que tienen los políticos es tener nombres de calles, no hacer obras”.
Para Luvín, las obras que se hacen sirven para maquillar las fachadas, pero los interiores pocas veces son restaurados.
“Cuando las ciudades entran en el plano de lo cosmético, es cuando evidencian su decadencia. Es igual que con la persona a la que se le ocurre hacerse cirugías cuando la gravedad hizo su efecto. La extensión de la mancha humana es cada vez mayor, no hay soluciones de fondo para el tema del agua, transporte, los desperdicios y energía. En cambio, lo que vemos es un acercamiento cosmético a la ciudad en vías de los Juegos Panamericanos que dice que pondrá a la ciudad en primer plano”.
Guadalajara intenta ser cada vez más cosmopolita, es una urbe que ha crecido a la deriva y enfrenta todos los días la dualidad de ser una ciudad de primer mundo y al mismo tiempo que persistan signos de la ciudad que fue. No obstante, sigue siendo la gran proveedora del folclor mexicano.